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Nadie dice que se deberían prohibir, o presentar con notas aclaratorias, las obras de
Galileo o Newton, que eran hombres blancos y europeos. Claro que los libros de estos científicos nadie los lee y solo se enseñan resúmenes o fórmulas sacadas de sus obras. Deben ser pocos los estudiantes que hayan leído los textos originales de los gigantes de la física y la matemática de siglos pasados. Y lo propio ocurre con los estudiosos de la química y la biología, con la posible excepción de Darwin, cuyos libros son bastante conocidos. Pero en todo caso, nadie promueve la expulsión del canon científico de los grandes nombres de la historia de la ciencia europea, que al fin y al cabo eran escritores, porque fueran machos blancos.

Muy distinta es la situación cuando se habla de poetas, novelistas, dramaturgos y también filósofos. Para estos autores se pide el ostracismo post mortem de las aulas y de las librerías. Si ocurre que en las obras de los hombres blancos en cuestión se encuentran expresiones que indican misoginia o racismo, la condena es mucho peor. Con toda seguridad se quemarían sus libros en las plazas, si no fuera esta una acción tan problemática desde el punto de vista de la corrección política, por razones de todos conocidas.

Pero los combates críticos hacen parte de la realidad social de los textos. Y en verdad se trata de algo positivo, pues ya que los textos aparecen como respuesta a ciertas realidades, se entiende que algún papel cumplen en los diversos debates ideológicos que recorren la sociedad en una determinada época. Si una obra no es motivo de conflicto en algún sentido, o arma en el contexto de una lucha, con toda probabilidad sirve solo para alimentar cucarachas o ratones. Lo curioso es que el argumento para atacar ciertas obras, que se consideran creaciones de representantes del patriarcado o del imperialismo, no se utilice para desprestigiar las obras de los científicos célebres, o por lo menos no se exige que por esta falta deberían dejar de estudiarse. Y eso aunque tales personajes hayan trabajado bajo las órdenes del gobierno nazi. Aunque la obra de Darwin si es atacada por algunos grupos que la consideran pecaminosa, pero en estos casos los censores son considerados, por lo general, sectarios irracionales podridos de fanatismo e ignorancia.

Por lo visto se puede vivir, y muy bien, sin novelistas, poetas, pintores, cineastas y filósofos blancos, imperialistas y cristianos, pero no resulta fácil renunciar a la ciencia y la tecnología desarrollada por individuos de similares características. Por ejemplo, no podríamos usar internet, que fue creado por científicos a órdenes del gobierno de Estados Unidos con propósitos militares, como todo el mundo sabe.

Publicado por EL BLOG DE MAGÍN GARCÍA

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