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La fealdad en la épica de Herzog: Aguirre, la ira de Dios

Aguirre, la ira de Dios (Aguirre, der Zorn Gottes, Werner Herzog, 1972)

Las imágenes en el cine han sido siempre diseñadas a partir de la tradición pictórica. En la composición, la iluminación, y también en el color, las películas han tomado como modelos pinturas y dibujos de muchas tradiciones, aunque ciertos periodos del arte europeo han influido decididamente más que otros. Es el caso de la pintura del Renacimiento, el Barroco y el Neoclasicismo. La estética presente en estos movimientos ha sido la más extendida y aceptada en el mundo occidental, y el cine, medio masivo, se inspiró sobre todo en los principios vigentes en aquellas épocas para generar una respuesta positiva en el público. Aunque esto no quita que otros movimientos artísticos hayan marcado la historia del cine. En cualquier caso, en general, cuando se habla de la belleza visual de una película, se la compara con estilos artísticos prestigiosos, y los realizadores suelen diseñar la iluminación, los encuadres y demás aspectos visuales, a partir de tal o cual pintor o escuela. Aunque más que nombres famosos, lo importante casi siempre son los principios visuales cultivados durante siglos. Pues, en realidad, hemos sido condicionados a lo largo del tiempo para valorar ciertas imágenes, consideradas bellas, y para despreciar otras por feas o insulsas. La belleza incluye no solo lo agradable y placentero, como los paisajes campestres y las personas hermosas, sino también lo aterrador y cruel, siempre que sea presentado con ciertos rasgos que lo ennoblezcan. En verdad, la misma tradición que nos hace apreciar un cuidado jardín, un castillo, o un rostro de la Virgen, nos ha entrenado para valorar la torturada figura de Cristo y los terrores de los condenados en el infierno. Solo por mencionar un ejemplo, se puede ver en Andréi Rubliov (1966) de Tarkovski tanto la placidez de unos caballos que pacen en una pradera, como la cruel tortura de un hombre al que matan haciéndolo tragar brea hirviente. Ambas imágenes son bellas, en tanto que parte de una obra visual, aunque sea muy difícil decir, en la realidad, que una escena campestre con caballos pueda ser tan agradable como un asesinato. Lo importante es que las imágenes en el cine tienen características que las emparentan con una vieja tradición que hemos aprendido a valorar.

Lo anterior viene al caso porque Aguirre, la ira de Dios es una obra muy fea. No es que haga referencia a cosas feas en la realidad, pero bellamente representadas. Nada de eso. Es desagradable, difícil de ver. Quizás al comienzo haya un par de tomas interesantes, y algún otro caso, sobre todo en ciertos planos generales. Pero eso no disminuye la rudeza, casi torpeza de toda la película, no solo a nivel visual, sino en las actuaciones, en la trama, y en los personajes. Aguirre no es particularmente violenta. Cualquier película de terror es más sangrienta que la obra de Herzog, como la contemporánea La masacre de Texas (The Texas Chain Saw Massacre, Tobe Hooper, 1974). No es la acidez o amargura, para hablar en términos culinarios, lo que hace difícil ver la película, tampoco el exceso de picante, sino más bien su dureza. Aguirre es un pan duro, que sabe a papel y hace que duelan los dientes al morderlo.

Los conquistadores bajan de la cordillera peruana y se internan en el río en medio de la selva para buscar El Dorado. Lope de Aguirre (Klaus Kinski) se revela contra el capitán Ursúa (Ruy Guerra) y asume el mando, declarándose independiente del rey de España Felipe II. La travesía es un absoluto desastre desde el comienzo. Hambre y muerte marcan el viaje sin remedio. No hay giros, no hay evolución. Igual que la balsa de los conquistadores, que avanza con lentitud o se queda detenida en las traicioneras aguas del río, así la película se estanca en un desastre interminable. La imagen que define la cinta de Werner Herzog es la de un caballo atascado en el barro que mientras más patalea más se hunde.

Sin embargo, hay un elemento que imprime variedad a la película. Las voces del narrador (el padre Carvajal, clérigo de la expedición) y de los personajes, sobre todo del propio Aguirre, son de una pomposidad sorprendente dada la pobreza en que viven. En pantalla vemos miseria y suciedad, pero las palabras nos hablan de leyes, imperios y riqueza. Se desarrolla un juicio contra el depuesto capitán Ursúa, con juez y testigos, siguiendo todas las formalidades, e incluso, el emperador nombrado por Aguirre, don Fernando de Guzmán, tiene la temeridad de indultar al reo por su privilegio real, pero el tal proceso tiene lugar en un pedrero al lado del río, y no es más que una farsa delirante como lo es toda la expedición.

El discurso final de Aguirre, solitario en la balsa que gira, rodeado de micos, es el clímax de la película. El monólogo presagiando la gloria de su imperio, cuando se encuentra solo y derrotado en la selva, resulta ser extrañamente cómico. Es la exhibición del inútil poder de las palabras frente a la dureza de la realidad. La shakesperiana belleza del lenguaje contrasta con la gris fealdad de las imágenes. Por eso no había lugar a barroquismo visual. La triste y miserable realidad no podía adornarse, pues había que contrastarla con la prepotencia florida del lenguaje. Lenguaje que expresaba deseos sin ningún fundamento.

La obra de Herzog rechaza la belleza pictórica, y también las complejidades y sinuosidades de la trama y de los personajes, lo que conocemos como belleza narrativa. Pero aquí el claroscuro de la fotografía, y la profundidad de los protagonistas son sustituidos por la lucha entre el esplendor de la palabra y la pobreza de las imágenes. Mientras los personajes hablan de política y de oro, unos roedores hacen su nido en la balsa, y esta asquerosa escena de maternidad animal es una de las mejores de toda la película.

Publicado por EL BLOG DE MAGÍN GARCÍA

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