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Esplendor en un tablero: ‘Gambito de reina’

Gambito de reina (Gambito de Dama, The Queen’s Gambit, Scott Frank, Allan Scott, 2020)

Las producciones que explotan el atractivo de los deportes casi siempre resultan muy divertidas y hasta adictivas. El espectador se identifica fácilmente con los competidores, tal y como lo hace en los eventos deportivos reales, pero con la ventaja de poder ver la tras escena del espectáculo. Y esto no por casualidad, ya que es sabido que el drama, el sufrimiento, las ilusiones, y toda la enorme carga emocional de los torneos de cualquier disciplina son solo la punta de una gran montaña submarina que no se ve en las pistas y en las canchas. La rutina agobiante de los entrenamientos, los roces con  los colegas y entrenadores, las críticas de amigos y familiares, los sacrificios personales de todo orden, y sobre todo el miedo constante al más que probable fracaso son el plato fuerte de las películas o series que retratan la vida de los deportistas. La competencia propiamente dicha viene a ser una especie de postre, aunque uno muy delicioso, por ejemplo en las peleas de Toro salvaje (Raging Bull, 1980) de Scorsese.

En Gambito de reina, el ajedrez es presentado de forma glamorosa y dinámica, algo increíble si se tiene en cuenta que se trata de humildes piecitas de madera en un tablero. Un torneo de ajedrez es quizás el espectáculo deportivo menos llamativo, si nos atenemos al aspecto visual, y sin embargo, la serie le da un aire casi de danza a las soporíferas partidas, lo que hace que el ignorante termine por interesarse en el juego. Pero también atrae el hecho de poner el foco en las diversas estrategias que preparan los jugadores para enfrentar a sus rivales, algo similar a lo que ocurre con el beisbol en  la película El juego de la fortuna (Moneyball, Bennet Miller, 2011), donde los manejos de Brad Pitt, poniendo y quitando jugadores, de acuerdo a no sé qué método estadístico, nos hacían emocionar, aunque el juego pareciera tan esotérico como siempre.

Por tanto, la serie cumple muy bien como película de deportes, pues además no deja de lado la tragedia personal indispensable en los dramas atléticos, con un buen número de lecciones de vida. Pero hay otro aspecto en el que la serie, de nuevo, no toma riesgos, sino que actúa siguiendo una estrategia probada con éxito: el diseño de producción y la fotografía muy sofisticados. La estilización en la recreación del pasado sigue el camino que podría denominarse “procedimiento Mad Men”.No importan las circunstancias de los personajes, que pueden ser muy difíciles, pues siempre se ven impecables, como en un catálogo de moda muy bien producido. Lo mismo se puede decir de la arquitectura, los automóviles y todos los aparatos de la vida cotidiana. Es una fórmula que puede dar resultados diversos, aunque siempre genera atracción entre el público, pues el espectador se siente transportado a una época mucho más bonita que la grosera y vulgar en que vivimos. En parte tiene mucho sentido que así sea, ya que el pasado no existe, aunque sea reciente, y vive solo en nuestra imaginación. De ahí que una película ambientada en 1960 no sea menos fantasiosa que una que sucediera en el 2160, la diferencia es que el pasado tiene más referentes que limitan un tanto la imaginación. La recreación exagerada del pasado se ve sobre todo en la jugadora protagonista, una huérfana genial, a la que es imposible dejar de mirar, no solo por su belleza, sino por su siempre vistosa e impecable indumentaria.

Recientemente vi la adaptación británica de una de las novelas policiacas de Georges Simenon, protagonizada por el célebre comisario Maigret (Maigret Sets a Trap, 2016). El papel principal lo interpreta Rowan Atkinson (Mr. Bean). La película transcurre en Francia en los años cincuenta, y todo se ve limpio y reluciente, con la ropa que parece recién sacada de la tienda, y aun la miseria y la crueldad parecen impecables. No digo que esté mal, en general, representar de modo lustroso el pasado, sobre todo cuando ha sido tan común en el cine de todos los tiempos, por ejemplo en el Hollywood dorado; pero, de todos modos, cansa un poco que todo lo que se vea sea hecho para deleite de los expertos en moda y admiradores del diseño. Nadie niega que un enfoque más realista no sería menos artificial. En el cine todo es mentira. Quizás el realismo sea lo menos real que existe, pero al menos es un cambio, y además permite ver otros aspectos de la vida, incompatibles con el boato y la pompa, menos vistosos, pero quizás más importantes. Hablando de adaptaciones de Simenon, existe una serie francesa producida entre los noventa y los dos mil que muestra las investigaciones del famoso comisario dejando ver la vulgaridad de la vida corriente, en París o en provincias (Maigret, con Bruno Cremer en el papel principal). La ambientación realista se corresponde con el carácter pequeño burgués, incluso proletario de las novelas, que suelen tratar de personajes relacionados con el hampa pobretona. En este caso el artificio realista sirve para entender el contexto de los personajes más allá de la intriga detectivesca. La mugre no es adorno, es el suelo donde florece la trama, aunque no atraiga y encandile, como la piel de porcelana de los maravillosos seres del pasado que vemos en nuestras pobres y sucias pantallitas.

Publicado por EL BLOG DE MAGÍN GARCÍA

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