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El artista y la sangre

Cuento

Nadie lo sabe, pero estuve cerca de matar a mi hermano. Toda la noche pensé en la precisa serie de pasos que terminarían con un cadáver y por eso no pude dormir más que un momento en la mañana. Soñé que unos viejos se acercaban a mi cama y escuchaban lo que yo decía. En el sueño estaba recostado en las almohadas, como un patriarca en su lecho de muerte. No puedo recordar sus caras, pero definitivamente eran conocidos, y además me eran antipáticos. Hubiera querido soñar con mujeres, pero no veo una hembra en sueños desde hace tiempo y es mejor que así sea.

No me apresuré a levantarme, pero el silencio de la casa me preocupó. Los habituales ruidos mañaneros siempre me tranquilizaron. La extraña soledad del ambiente me provocó un vacío en el estómago. No sabía si sospechaban algo y habían abandonado la casa por miedo, o estaban esperándome escondidos en la calle para que me delatara y echarme mano. El calor de las cobijas me parecía tan tierno y acogedor que me hacía olvidar todos los temores y dudas. Si no fuera por el silencio, el calor me hubiera dado la energía para ponerme de pie y ejecutar el plan tanto tiempo meditado. Era un plan tan sencillo en su complejidad que se podría considerar una obra de arte. El efecto sería preciso, con una exactitud matemática, pero sin enredos aparatosos, lo que daría la impresión de naturalidad, de espontaneidad, propia de las piezas maestras. Nadie sospecharía los infernales preparativos, la actividad de meses en organizar cada parte del mecanismo que conduciría al inevitable fin de mi hermano.

La cereza del pastel sería que, al final, todos considerarían su muerte una hermosa tragedia llena de lecciones. Una escena de valor estético indudable, con todo y su tristeza. La tristeza, de hecho, sería una de esas que se sienten de modo tenue en el alma sin provocar retorcijones en el cuerpo; únicamente la expresión severa y distante de los sentimientos serios y profundos, como los que produce en nosotros la lectura de arduos tratados filosóficos. Nada de la vulgaridad de los melodramas, con sus gritos y aspavientos. La muerte aparecería solemne, como una montaña después de una jornada de camino por una llanura.

Si todo hubiera salido bien no hubiera habido siquiera asesinato. Habría desaparecido el problema sin consecuencias desagradables. La obra resplandecería en la firmeza de sus cualidades intrínsecas, mientras el autor viviría en la serena gloria del anonimato. Nada me inculparía, pues además de no quedar rastro de crimen alguno, ningún beneficio obtendría yo del suceso. Cui bono: nadie, yo menos que nadie. Ya que mi dependencia es absoluta, su muerte me dejaría en un desamparo tal, que la pobre gente sentiría compasión al verme, y ni siquiera se les ocurriría sospechar de cualquier clase de animadversión mía hacia él.

Tantas consideraciones me hicieron olvidar el silencio de la casa y la preocupación porque mi plan fuera descubierto. El calor de la cama se hizo penetrante, casi quemaba por su intensidad, aunque sin obligarme a escapar. El hecho cruento parecía tan lejano, como si ya hubiera sucedido, y además, hubiera tenido lugar hace tiempo, tanto que sería una especie de leyenda oída en la infancia. Una historia picante y sustanciosa contada de generación en generación.

La fama de la leyenda que se recitaba con familiaridad desde tiempos remotos me produjo una sensación de admiración profundísima, parecida a un arrobamiento místico. La casa, la habitación y la cama desaparecieron, dejándome como flotando entre nubes, y ya no recordé nada, hasta ahora en que despierto por los ruidos de mi familia que regresa a casa. Ahora no me levantaré hasta que todos duerman. Será duro, porque llevo todo el día sin ir al baño y sin comer, pero no quiero encontrarme con mi fallida víctima. El silencio que sentí en la mañana fue por haber despertado muy temprano. La preocupación por el plan homicida me impidió hasta mirar la hora. Después de que mi vejiga descanse podré, a lo mejor, volver a elaborar el plan cuyos detalles de tiempo, modo y lugar se han hecho impracticables para siempre. Como verdadero artista deberé esperar de nuevo la inspiración sin forzar el destino y sin dejarme llevar por la pasión.

Publicado por EL BLOG DE MAGÍN GARCÍA

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