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Los Oscar en el patio del colegio

Todo el encanto, si es que en verdad tiene alguno, de ver una ceremonia de entrega de premios es poder presenciar una reunión social a la que de ningún modo podríamos ser invitados. En tales eventos suelen reunirse celebridades a felicitarse mutuamente por sus éxitos y a exhibir su riqueza. Gracias a la televisión, grandes masas pueden deleitarse mientras ven a los ricos y famosos en toda su gloria. En esto consiste el espectáculo, aunque se trata, como no, de una ficción. La realidad es que el placer de la ostentación no es la principal razón para que los astros de la pantalla y del micrófono se reúnan en las interminables galas. Más bien todo gira alrededor, en primer término, de una operación publicitaria, pero sobre todo de un intento de legitimación social. Como queriendo decir: no solo hacemos dinero, también alcanzamos méritos de orden estético y moral. Somos más que ricos extravagantes y negociantes audaces. Pero, sea cual sea la percepción que las premiaciones tipo Oscar o Grammy hayan tenido, lo cierto es que hasta ahora se iba a ver a las estrellas brillar, como si no fueran seres terrenales, y más bien bajaran del cielo, o subieran a él.

Lo que pasa es que una serie de factores, entre ellos las redes sociales, han bajado a los ídolos de sus pedestales, y hemos podido ver que en el interior de sus santuarios los tótems se comportan como los demás mortales. La pandemia dejó claro, por si alguien lo dudaba, que aún los más millonarios entre los famosos se pasean en sus aposentos calzados con chanclas, y lo más increíble, que su principal ocupación, cuando no están trabajando, es aburrirse, igual que todo el mundo. De ahí que las sórdidas entregas de premios sin público, o con muy escaso número, y con alfombras rojas de juguete sean la culminación del fin del glamour para las masas, al menos como lo conocíamos hasta ahora. Los organizadores se han dado cuenta del creciente desinterés que despierta el lujo de plástico de Hollywood y han tratado de transformar las ceremonias en asambleas de activistas donde se visibilizan causas políticas y se premian logros de gente buena. Como además los espectáculos son de tan bajo nivel en tiempos de cuarentena, el resultado es una especie de acto cívico de colegio o ceremonia de grados. Y la publicidad de tales programas quisiera que nos solidarizáramos con los esfuerzos que hacen los organizadores por seguir adelante en medio de tantas desgracias. Sin embargo, la única desgracia a lamentar, en este punto, es que todavía marquen la agenda cinematográfica y musical unos eventos que pocos ven –si se tiene en cuenta su prestigio- y que hoy ni siquiera producen el interés perverso de presenciar los rituales de la clase ociosa desde la comodidad del hogar.

Publicado por EL BLOG DE MAGÍN GARCÍA

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