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Rimbombante oda a la juventud

Monos (Alejandro Landes, 2019)

Como idea, Monos es una obra sumamente arriesgada. Lo es a nivel temático, formal, y en cuanto al proceso mismo de realización. Pero, dejando de lado la gran calidad técnica, gracias a un equipo internacional de primer nivel, así como la belleza de los escenarios naturales, lo más llamativo es el guion. Una mezcla, que a primera vista parece extravagante, entre una película bélica en el contexto de una guerra de guerrillas, y una de esas cintas de adolescentes gringos en el típico campamento de verano. Sin embargo, si se hace una lista de los episodios de carácter militar, o criminal, y los momentos más propios de una temporada de convivencia vacacional de jovencitos, el resultado es que el campamento veraniego gana por amplia mayoría, mientras que la guerra es en realidad un fondo casi abstracto.

El ambiente de excursión estudiantil extrema domina la película. Los jóvenes protagonistas son un grupo de individuos de cuerpos ágiles y resistentes, aunque también adoloridos y maltratados, todo lo cual es propio de los atletas, es decir, de organismos humanos llevados al extremo. A esto se agrega el deseo sexual y la experimentación con drogas, que son otras maneras de poner a prueba el cuerpo, y que son propias de la experiencia adolescente. Esto, al menos, según las ideas corrientes sobre la juventud. En esta película, la juventud es esplendor corporal, y poco más.

Aunque, viéndolo bien, no solo la exuberancia de los cuerpos humanos es protagonista. Las montañas, las selvas, los ríos, las piedras (y hasta una pobre vaca), todos estos cuerpos vegetales, minerales o acuáticos también despliegan su poder y belleza, es decir, la belleza que emana de su poder, igual que los jóvenes parecen estar listos para todo, como simios, prontos a responder a su entorno salvaje. De ahí que las anécdotas de la trama carezcan de interés. Ni siquiera la historia de la extranjera secuestrada tiene valor en sí mismo, pues su presencia sirve solo para dar rienda suelta a la lujuria o a la crueldad de los soldaditos insurgentes, sin que nunca sepamos nada de su experiencia vital.

Quizás decepcione un poco la escasa presencia de la política en una obra aparentemente centrada en las vivencias de un grupo guerrillero, pero es probable que tal carencia se deba a que a los personajes se les ha negado el uso de la palabra. No es que sean mudos, más bien es que su capacidad comunicativa se limita a simples acciones y reacciones, sin que alcancen a articular un discurso. De hecho, el personaje que tiene más parlamentos es el simpático instructor de la banda, una especie de enano fisicoculturista (que según dicen es un verdadero exguerrillero) y que parece sacado de una película de Herzog. Pero el autoritario comandante no hace más que dar órdenes e impartir castigos en el típico tonito de los militares colombianos de cualquier bando. La parquedad de los bullosos soldaditos es indispensable para que conserven su aspecto animal, pero a su vez los incapacita para cualquier actitud política. Si a eso se agrega que al enemigo nunca lo vemos (salvo en las bombas que estallan) y, por tanto, es imposible la confrontación, resulta que el potencial alegórico-político se esfuma casi por completo. El resultado es una especie de lujoso documental acerca de una naturaleza espectacular llena de maravillas, incluidos jóvenes homo sapiens que matan y mueren como cualquier otra fiera. A veces las cosas salen mal y los chillidos se oyen, como se oyen los del can apaleado.

Publicado por EL BLOG DE MAGÍN GARCÍA

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