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¿Por qué escribo sobre cine?

La pregunta acerca de la razón por la cual he publicado pequeños textos sobre películas en internet me ha inquietado desde que comencé a hacerlo hace ya varios meses, sobre todo porque, en últimas, se refiere a mi relación con el cine, y cuáles son mis ideas sobre el medio y su porvenir.

Ante todo, quede claro, no es por fingir que sé de algo de lo que apenas si entiendo nada. Mucho menos porque crea que alguien está esperando saber lo que yo pienso. Ambas actitudes serían demasiado delirantes. La razón verdadera se me oculta, y quizás solo un observador externo podría decidir con certeza, pero, según toda evidencia, no hay muchos investigadores interesados en tan decisivo problema, así que, de manera provisional, he pensado por mi cuenta en una causa más bien rebuscada. La cosa es que he llegado a la conclusión de que ya no me gusta ver películas, o para ser más exactos, que ya no me ilusiona el cine. Sin embargo, también es verdad que no puedo renunciar a algo que fue importante para mí durante mucho tiempo. De ahí que el obligarme a escribir sobre cine sea una forma de mantener viva una pasión ya muerta, o muy debilitada. Si no existieran las redes sociales tendría que confinar tales desvaríos al discreto anonimato de un diario personal, pero internet permite, y hasta obliga, a hacer público lo privado sin que sea considerado una indecencia o una impertinencia.

Claro que la pregunta acerca de mi desinterés o desamor por el cine no se resuelve todavía. No es seguro ni siquiera que sea únicamente algo personal, pues pudiera ser un asunto general, es decir, que en nuestra época el cine haya perdido importancia como arte, que ya no esperemos de él nada significativo. Sería como el templo de un dios en quien ya nadie cree. Los expertos comentan la importancia arquitectónica, histórica o cultural del augusto edificio, y una multitud se toma selfis y compra suvenires mientras pasea su perezosa e irreverente mirada por los mármoles. Lo que nadie hace es adorar al dios. Si alguien llegara a hacer ofrendas a la deidad y a cantar himnos, lo tomarían por un loco o por un farsante, y tendrían razón, pues la antigua fe común no existe ni como recuerdo. No sé si el dios del cine esté muerto, pero sus adoradores sí que lo abandonaron. Creo que vive aún, pero no me parece que pueda esperar nada de él. Aunque todo puede solo ser asunto mío, que sufro un ataque de incredulidad, quién sabe por qué oscuro motivo.

Como sea, y esto es grave, la frialdad y el desinterés no se refieren solo a las películas actuales. El cine del pasado también languidece por esta pérdida de esperanza en el porvenir del medio. La historia del cine se convierte en una exhibición de momias. La visión de las viejas películas se transforma en una experiencia arqueológica, distante. No se puede tener una relación con ellas, solo se las puede estudiar. Es reemplazar una noche de bodas por una necropsia.

Publicado por EL BLOG DE MAGÍN GARCÍA

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