Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar

Más ética que estética

El discípulo (The Disciple, Chaitanya Tamhane, 2020)

La historia de Sharad, intérprete que aspira a convertirse en maestro de un género de música clásica de la India, está narrada de un modo bastante “clásico” también. Vemos a un personaje que trata de alcanzar una meta y en el camino encuentra toda clase de obstáculos, uno de los cuales es que no parece ser lo suficientemente bueno, a pesar de su compromiso y disciplina. Lucha, sin embargo, contra todo: la oposición de su familia, la tentación de seguir un curso de vida más normal, las dificultades económicas, y como ya se dijo, las inseguridades acerca de su talento. Hasta aquí, parece una biografía de artista hecha al estilo más corriente. Para que todo fuera igual a las innumerables películas y series con temática similar el final tendría que ser de tres maneras: un triunfo apoteósico, con multitudes aclamando al héroe; una muerte oscura y miserable, compensada con la gloria póstuma y, como última opción, menos frecuente, una deriva infernal, con el pobre artista convertido en ejemplo máximo de perdedor; el individuo completamente machacado por el sistema. Ejemplos de este último tipo de desenlace podrían ser dos películas de los hermanos Coen, Barton Fink (1991) e Inside Llewyn Davis (2013); la primera sobre un guionista de Hollywood en los años treinta, y la segunda sobre un músico de folk en los sesenta. En ambos casos la desesperanza es total, no solo a nivel artístico sino en todos los sentidos; hombres llenos de amargura y resentimiento. El cantautor Llewyn Davis termina literalmente pateado en un mugroso callejón. Y es que en las dos cintas hay una especie de castigo a la obsesión de los personajes con su arte, a su pasión exagerada, romántica, casi demoniaca. Claro que se muestra al mundo como culpable de la desgracia de los creadores, pero aún así son humanidades degradadas a nivel ético y hasta físico, que terminan por perder la simpatía del espectador.

El músico de Mumbai no tiene un final maravilloso, aunque tampoco terrible. Puede que su carrera no llegue a lo que él esperaría, pero logra encontrar salidas a su existencia. No es que la fortuna lo favorezca o que tenga una revelación misteriosa que lo oriente en medio de las turbulencias. La diferencia con otros artistas retratados en el cine está en el carácter del personaje, se podría decir que en su estructura ética. Porque, en realidad, más que una obsesión estética, lo que sostiene a este hombre sencillo es su entereza: disciplina en la práctica de su música, a pesar de que los resultados no son óptimos; fidelidad a su gurú, aun en la enfermedad y la miseria; y respeto por su arte, aunque no le reporte los beneficios esperados.

Constantemente vemos al personaje retado por las circunstancias y siempre se levanta para seguir adelante. La película se expande por alrededor de veinte años de la vida de Sharad, desde los veintitantos hasta más allá de los cuarenta, con algunos flashbacks a la niñez y a ciertos momentos de la juventud, que sirven para explicar la pasión por la música del personaje. En uno de tales flashbacks, se muestra una conversación con un crítico musical y coleccionista. De manera burlona, el experto desacredita al gurú del muchacho y a la mítica maestra del propio anciano intérprete, personaje que solo conocemos por las grabaciones de su voz dando unas charlas sobre el misticismo asociado al género musical que practica. Se podría pensar en un momento de giro, que trastocaría todo en la vida del personaje. Nada de esto sucede. A pesar del impacto, continúa fiel a su gurú, a quien cuida personalmente en su vejez, y sobre todo, sigue con su música, no como gran performer pero sí como docente y divulgador. La pobreza del hombre es evidente, en todo sentido, incluido el artístico, pero también lo es su riqueza moral. No es que sea un santo. Es injusto con algunas personas, siente envidia, a veces es agresivo. En resumidas cuentas, es un hombre normal. No es un ángel ni un demonio –un ángel caído-. Por muy prestigiosas que sean, tales figuras son ridículas, y son precisamente con las que se suelen representar a los artistas en las películas. Es lo que esperamos y lo que nos gusta. Por esta razón es tan meritorio que se construya un personaje interesante, incluso misterioso, que encuentra salidas positivas, a pesar de sus propios defectos. Pero no es que sea una especie de Tom Hanks, es decir, el hombre común que salva al mundo. En realidad es un náufrago que logra construir una balsa para flotar con los restos de sus propias ilusiones, sin traicionarse a sí mismo. Puede que Sharad no sea un genio, pero tampoco es el típico fracasado. No se puede escribir un tango deprimente sobre él. Sí se puede hacer una muy buena película, lenta a ratos, pero que no baja nunca la intensidad, con una nota alta para las presentaciones musicales, llenas de dramatismo, aunque pocos entenderán este género musical fuera de la India.

Publicado por EL BLOG DE MAGÍN GARCÍA

COMENTARIOS SOBRE PELÍCULAS Y OTRAS COSAS

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: