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Los pies de Tarantino

Una frase resuena, como la pepa de un cascabel, en muchos comentaristas de cine, desde los más informales hasta los más académicos: si algo es el cine, es literatura. Puede que no se diga palabra por palabra, pero la idea subyace en muchos análisis. La frase es contundente porque parece responder de modo seguro a un problema complejo. Sin embargo, la alegría por el triunfo se desvanece cuando entendemos que la definición de literatura también es un problema. En realidad el concepto literatura es tan escurridizo que con frecuencia lo que se hace es imitar al profesor de física del colegio con su explicación del concepto de tiempo: “tiempo, jóvenes, es lo que marca un reloj”. Así, la literatura se define señalando con el dedo la estantería de una librería o biblioteca donde reposan las obras “literarias”, diferentes a las de filosofía, ciencias, etc. Dicha solución, en realidad consiste en tirarle el balón a la industria editorial y al comercio librero, o a la bibliotecología, para que ellos resuelvan, según sus criterios, qué cosa es la literatura.

Es probable, en todo caso, que la mayoría entendamos la literatura según las caóticas ideas que nos hayan embutido desde la infancia, ya sea en la escuela o en los medios de comunicación. Una concepción muy corriente dice que las buenas obras literarias, al menos de tipo narrativo, son productos donde reina la unidad estructural. Cada elemento debe corresponder a un plan ordenado según un fin. Por ejemplo, el camino al éxito de un individuo. Cualquier pieza del entramado, aun la más ínfima, debe corresponder al propósito de contar la carrera al triunfo del protagonista. Otro caso podría ser la narración de la historia de una familia, las conocidas sagas. La dinámica familiar ordena y dirige a una multitud de personajes, que parecen piezas de un engranaje, aunque cada cual tire para su lado. En realidad estos son rasgos de la novela del siglo XIX, que se han hecho canónicos, no solo en la literatura, sobre todo la mal llamada literatura comercial, sino en el cine y la televisión. Así pues, características como el desarrollo racional de los personajes y la cohesión narrativa, que fueron relevantes en un determinado momento histórico muy particular, se han convertido en propiedades naturales de las obras narrativas, escritas o audiovisuales. Pero no hay tal naturalidad, son solo convenciones, artificios que fueron exitosos en su momento, y que pueden serlo después, pero que no son leyes universales. Se podría decir que son cosas a las que nos hemos acostumbrado, aunque en realidad no tengan siquiera mucho sentido. Algo parecido a lo que pasa en las películas, en las que todos los carros que ruedan por un barranco estallan al caer al fondo, aunque esto no pase con frecuencia en la realidad. Una vez vi un camión distribuidor de pipetas de gas con toda su carga regada por una montaña, y el carro volteado al revés en un rastrojo muy abajo. Ni con el gas hubo explosión, ni riesgo de ella, al parecer. El caso es que tal escena en una película nos parecería inverosímil y pensaríamos que los productores no tuvieron presupuesto para la pirotecnia del estallido.

El humilde comentarista de YouTube, o el crítico del periódico ilustre, alaban el magnífico desarrollo de los personajes, atado a la más rigurosa lógica, y la trama precisa, sin que le falte ni le sobre ni un pelito. Por supuesto, despotrican de cualquier obra que no cumpla con los estándares. Puede que en algunos casos tengan razón, pero es ilusorio aplicar los mismos parámetros a una realidad tan variada como lo es la producción audiovisual.

¿Qué significan los pies que aparecen en tantas películas de Tarantino? Pues la respuesta corta es que no significan nada. No importan ni a nivel narrativo ni simbólico. Si algo se le debe reconocer a un director tan sobrevalorado es el haber metido en el circuito más convencional, y haber logrado que se apreciaran, cualquier cantidad de elementos que en otros casos serían considerados como rellenos, adornos, artistadas, etc. Lo mismo que los pies, también están los diálogos repletos de banalidades o de expresiones sin sentido. No es posible ver el “alma” de los personajes en la famosa charla sobre el nombre de las hamburguesas en los McDonald’s de Francia de Pulp Fiction (1994), ni esto sirve para que la trama avance, como tampoco importan para la historia los pies sucios de Margot Robbie en la escena del teatro de Érase una vez en Hollywood (Once Upon a Time in Hollywood, 2019).

El énfasis en “las historias bien contadas”, ‒como si las historias no se pudieran contar de muchas maneras‒, esconde una gran ignorancia, que como en otros casos, se disfraza de sabiondería. Además, el cine no es solo narración, y no es necesario complicarse para demostrarlo, basta con fijarse en los star-systems de cualquier época o país. Muchos ven una película porque en ella aparece Cary Grant o Brad Pitt. Pero estrellatos aparte, es una completa ilusión reducir una película a su guion. Lo mismo aplica para las series, aunque se insista en convertir en dioses a los guionistas de Netflix o HBO. Todavía, si estas reglas narrativas se aplicaran a rajatabla tendrían más sentido, pero lo cierto es que en el cine de acción o de superhéroes, las escenas de luchas y persecuciones se suelen juzgar como si fueran obras separadas, reconociendo sus méritos técnicos, aunque en realidad interrumpan el desarrollo de la historia que se cuenta. Quizás el motivo de todo ese sobredimensionamiento de la escritura en los audiovisuales, o de ciertos aspectos de ella, se deba a que hablar de la trama es lo más fácil a la hora de comentar una obra. Los demás aspectos, de tipo visual y sonoro, son muy difíciles de traducir al lenguaje. Pero aquí solo hay que recordar que las películas se hicieron para verlas, ya sea para disfrutarlas o aborrecerlas. Solo de modo muy secundario son motivo de conversación o comentario.

Publicado por EL BLOG DE MAGÍN GARCÍA

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