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Un señor de bigotes rodeado de flores

Funeral de estado (State Funeral, Государственные похороны, Sergei Loznitsa, 2019)

El director ucraniano Segei Loznitsa reunió materiales fílmicos de archivo que llevaban guardados décadas. Las grabaciones se realizaron por toda la URSS en los días en que se desarrollaron los funerales de Stalin en marzo de 1953. La película se construyó a partir de alrededor de cuarenta horas de filmaciones, llevadas a cabo por cientos de camarógrafos repartidos por todo el inmenso territorio soviético. El objetivo de tal registro era producir una película documental sobre la velación y el entierro del líder bolchevique, pero los conflictos políticos en el seno de la cúpula del partido comunista, posteriores a la muerte de Stalin, hicieron que su memoria resultara muy problemática para el gobierno, y los rollos de celuloide terminaron escondidos y secretos. Por tanto, la actual obra no es una restauración o reelaboración de una vieja pieza de propaganda soviética, sino más bien una creación nueva a partir de materiales restaurados, nunca presentados al público, al menos en su mayoría.

Sería fácil calificar esta película como un documental histórico. Pero ¿qué es lo histórico aquí? El material, podría responderse. En tal caso, sería más bien un documento, es decir, un elemento del taller del historiador, que junto con otros restos, sirve al especialista para armar su discurso. Por ejemplo, un trabajo sobre la indumentaria en diversas regiones de la URSS podría aprovechar esta película. También sería de interés para quien investigue sobre el lenguaje de los discursos oficiales en los años de Stalin, ya que las alocuciones de oradores y locutores de radio son las únicas palabras que se dicen en las más de dos horas de metraje. Porque, afortunadamente, se trata de una película sin entrevistas a expertos ni voces en off. Aunque, la verdad es que no hay manera de entender el sentido político o sociológico de la obra de Loznitsa sin saber de antemano la historia de la Unión Soviética.

Sin duda hay un gran valor estético en la obra. La mezcla de blanco y negro con color le da un ritmo peculiar al montaje. La belleza misma de las tomas de los diversos paisajes y panorámicas urbanas del país más grande del mundo es algo que vale la pena ver, por su carácter variopinto, que va de lo majestuoso a lo deprimente. Pero lo que más se queda en la memoria son los incontables rostros humanos: jóvenes y viejos, feos y bonitos, llorosos, impávidos, conmovidos, sonrientes. Señores afeitados y engominados, al lado de señoras entaconadas; ancianitas con pañuelos en la cabeza, que sostienen un cartel; y en otro punto, quizás una aldea de las estepas, unos viejos de barba y turbante; u obreros con la ropa sucia en una fábrica o en una plataforma petrolera. Esa masa enorme y multifacética es la protagonista de la película. El ilustre muerto es casi una excusa para que se despliegue la presencia caótica de la masa, así marchen todos en orden o se ubiquen en silencio, cada uno en su puesto, frente a un hombre uniformado, pálido, tendido en un lecho con millones de pétalos alrededor. Porque la sensación general, a fin de cuentas, es la de un tumulto. Hay un párrafo de Tomás Carrasquilla que pinta muy bien la impresión que deja Funeral de estado, aunque el autor describa un día de feria y no un entierro solemne:

«Aquel enjambre humano debía presentar a vuelo de pájaro el aspecto de un basurero. Los sombreros mugrientos, los forros encarnados de las ruanas, los pañolones oscuros y sebosos, los paraguas apabullados, tantos pañuelos y trapajos retumbantes, eran el guardarropa de un Arlequín. Animadísima estaba la feria: era primer domingo de mes y el vecindario todo había acudido a renovación. Destellaba un sol de justicia; en las tasajeras de carne, de esa carne que se acarroñaba al resistero, buscaban las moscas donde incubar sus larvas; en los tendidos de cachivaches se agrupaban las muchachas campesinas, sudorosas y sofocadas, atraídas por la baratija, mientras las magnatas sudaban el quilo, a regateo limpio, entre los puestos de granos, legumbres y panela. Ese olor de despensa, de carnicería, de transpiración de gentes, de guiñapos sucios mezclado al olor del polvo y al de tanta plebe y negrería, formaban sumados, la hediondez genuina, paladinamente manifestada, de la humanidad. Los altercados, los diálogos, las carcajadas, el chillido, la rebatiña vertiginosa de la venduta, componían, sumados también, el balandro de la bestia. Llenaba todo el ámbito del lugarón».

Esta descripción muestra a la gente como si fuera una jauría o un rebaño. Y, en efecto, la película de Loznitsa tiene algo de documental de la vida animal. Esas masas humanas reunidas alrededor del féretro del difunto, o la congregación de pueblerinos frente a un cartel con su figura, en alguna aldea remota, tienen una cierta semejanza con esas tomas de los documentales de vida salvaje en que se muestra a un rebaño reunido alrededor de un charco para calmar la sed. Las filas de dignatarios o de gente del común que marcha frente al cadáver se parecen a esas colosales migraciones de mamíferos en la pradera africana, que atraviesan apuradas la pantalla del televisor. No es dudoso que los seres humanos sean animales, pero nunca se ve esto tan claro como cuando se les observa en grandes manadas. Lo que sucede es que es un animal muy especial que hace la guerra y la paz, construye naciones y hasta hace películas con doscientos camarógrafos. Todo esto es lo que no se ve, es lo que nos tienen que contar con palabras, no con imágenes. En pantalla lo que vemos es una horda de bichitos llorosos y muertos de frío en aquel marzo helado, con una primavera que no se apuraba en llegar.

De Stalin no sabemos nada, aparte de unos datos sobre los crímenes que se le atribuyen y que aparecen en un letrero al final. Historia de manual que no aporta gran cosa, como por otra parte, tampoco ayudan a entender nada los elogios desmedidos de los oradores en pueblos y fábricas o en la propia Plaza Roja de Moscú. Uno de ellos, un tal Lavrenti Beria, es un anciano obeso, canoso, de gafas, envuelto en un abrigo negro; el conjunto es el de un cura de los de antes, solo le falta el sombrerito redondo. Y sin embargo, este era el segundo después de Stalin, y el llamado a reemplazarlo. Pero esto no lo sabemos al ver la película, y no hay Wikipedia que sirva para paliar esta falta. Si no se conoce la historia con cierta profundidad no se comprende que pitos toca este personaje con pinta de clérigo vieja guardia. Pero no se trata de un defecto de Funeral de estado. La verdad es que no es el cine un medio adecuado para la historia. La política, la economía, las costumbres no se entienden en toda su complejidad por medio de imágenes. Solo las palabras, y no pocas, sirven para dar una idea de los procesos históricos.

Si a mí me preguntaran sobre Stalin después de ver esta magnífica película diría, con toda sinceridad: Stalin era un señor de bigotes rodeado de flores.

Publicado por EL BLOG DE MAGÍN GARCÍA

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