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Amélie: Resurrección sin pasión

Amélie (Le fabuleux destin d’Amélie Poulain, Jean-Pierre Jeunet, 2001)

Alguna vez le oí decir a una señora: “mirá a esa boba con la edad que tiene y todavía con esa pinta de Amélie”. Dejando de lado la impertinencia, o no, del comentario, hay cierta justicia en el calificativo de “boba” que se aplicó a la mujer en cuestión. Quiero decir, que si era cierto que quería parecerse a Amélie, no era inadecuado que se acumularan sobre ella calificativos tales como tonta, estúpida, idiota, imbécil, etc. Parecerá exagerado, sobre todo porque el personaje es presentado como una recursiva heroína. Pero, en realidad ella es solo la reina de los tontos. Una boba con astucia. Esta cualidad fantástica es la única que la diferencia de los demás y la hace destacar. También es el elemento más irreal de la trama. Por lo demás, si se quitan las habilidades superiores de espionaje de la muchacha, todo el grupo de personajes parece un recreo de jardín de niños, solo que no están en el patio del preescolar sino en una estereotipada París bohemia, y no son niños, sino gente bastante grande, algunos ya ancianos.

La tontería es bastante molesta para el tonto y sobre todo para los que lo rodean. Este asunto no requiere pruebas, pues en este negocio (la tontería, la estupidez, la bobería), todos somos juez y parte. Sin embargo, al parecer es placentero ver a los idiotas en acción en una obra de ficción, sobre todo cuando alcanzan el éxito en sus propósitos, por ridículos que sean. Es lo mismo que pasa con los mafiosos o los criminales en general: les tememos en la vida real y los admiramos en la pantalla, precisamente porque no respetan a nada ni a nadie. Parece que viven libres, igual que los tontos. De la misma forma que se les agrega garbo a los gánsteres en el cine, en Amélie los estúpidos están estetizados.  La fotografía, el vestuario y la escenografía son de gran calidad, muy brillantes y alegres, pero están al servicio de la exaltación de lo que es feo y triste: la pobreza, la soledad y la estupidez. Si se les quita la pintura chillona a los personajes resultan ser unas figuras patéticas, que en el mejor de los casos merecerían compasión, aunque quizás no mucha simpatía.

Sin embargo, no es la falta de realismo el culpable de la vacuidad de Amélie. El problema no es que sea un cuento de hadas, el problema es que la magia de una historia fantástica solo funciona cuando los personajes afrontan situaciones trágicas. Cuando son zarandeados por el destino y la magia interviene para salvar la situación. Pero la historia y los personajes de Amélie son tan artificiales, que no es posible imaginarlos en ningún drama real, en una verdadera situación angustiosa y de peligro, por lo mismo, la magia no tiene ningún efecto liberador. Por eso es tan vacía y tan aburrida esta historia, a pesar del movimiento y la animación. El éxito de la película quizás se deba a que deja ganar a los tontos, y más que nada, a la mayor de las tontas. Aunque, viéndolo bien, la chica no triunfa realmente, pues no tiene enemigos. La historia no puede permitirse enfrentar a Amélie contra alguien normal (no digamos alguien realmente malvado), o al menos contra algún problema real; en tal caso, las deficiencias de la protagonista se harían insoportablemente tristes, y ni todo el colorete parisino lograría salvar a la pobre muchacha.

Publicado por EL BLOG DE MAGÍN GARCÍA

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