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El juego de la culpa

El contador de cartas (The Card Counter, Paul Schrader, 2021)

Como en First Reformed (Paul Schrader, 2017) o en Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), ambas con guion de Schrader, el protagonista de El contador de cartas es un alma en pena que busca purgar su pecado para escapar al cielo, o a donde sea. El jugador profesional de póker vaga de casino en casino para desplumar a viciosos o a incautos de cualquier clase. Evita los grandes torneos que convierten en estrellas a los ganadores en este extraño deporte donde se vacían las botellas y se llenan las barrigas. Nuestro hombre solo quiere sobrevivir. Solo necesita el dinero suficiente para sostener su vida nómada, sin contactos personales y llena de silencio y hábitos extraños. Pero no se trata de un demente. La regularidad ritual de su existencia hace parte de una especie de peregrinación en busca de salvación. Como un devoto que cumple su promesa al santo, se mueve entre vulgares cuartos de hotel, que somete a una peculiar redecoración, y registra sus reflexiones en un diario, como en un examen espiritual que, sin embargo, no conduce a nada. Este ir y venir repetitivo, entre ambientes fríos y tristes, es seductor, a pesar de todo, porque es similar al funcionamiento de una máquina, o mejor, de una línea de ensamblaje. Quién no se ha entretenido observando la eficiencia y la precisión de un grupo de aparatos alineados, que casi por arte de magia, convierten una materia cualquiera en un producto terminado. Es la gélida belleza del maquinismo lo que admiramos en este jugador profesional de póker, como podría ser con cualquier otra persona que realiza alguna actividad con rigurosidad y decoro. Lo malo es que el espejismo de limpieza ritual se desvanece cuando se descubre el origen de la culpa del personaje. Es un exmilitar acusado de torturas en Irak que pasó varios años en la cárcel. Y la cosa se complica por el encuentro con el hijo traumado de otro soldado, también condenado por los mismos crímenes, que lo obliga a cambiar su rutina y embarcarse en una montaña rusa de acontecimientos que lo harán abandonar la higiene de su estilo de vida. Encontrará alegría y contento, pero también se enfrentará en sentido real y simbólico con su pasado, lo cual no resulta tan bueno como parece.

Aquí está el problema de la película. Al meter el tema de los crímenes de Estados Unidos en la “guerra contra el terrorismo” la cinta se colorea de política, pero lo hace de un modo un tanto panfletario y simplista. El enredo moral y psicológico del protagonista se ve de repente enmarcado en un lío jurídico y político de talla global. La realidad de las crueldades de la guerra se presenta con imágenes de archivo o con unas tomas filmadas con lentes deformantes. El cambio estético resulta chocante, por la limpieza casi minimalista del resto del metraje. No obstante, lo peor es la superficialidad del enfoque. Frente a la mirada detallista y precisa del drama del personaje, el tratamiento del problema de la guerra es de nivel periodístico, en el mejor de los casos. Como pasaba en First Reformed, donde el sufrimiento del pastor protestante (también veterano de guerra) se mezclaba con la crisis climática, en El contador de cartas la guerra de Irak se siente como una forma de darle trascendencia política a un drama individual.

La película se salva por la exposición de la aséptica miseria del personaje. La denuncia de la injusticia se queda en una especie de condimento que quiere agregar trascendencia al plato, pero termina siendo inadecuado para la receta en su conjunto.

Publicado por EL BLOG DE MAGÍN GARCÍA

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