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El hada deprimida

Gerda (Natalya Kudryashova, 2021)

Ni una película ni ninguna otra obra se hacen a partir de la realidad. La realidad es inabarcable. En verdad se parte de mitos que corren entre la gente, y que igual que las ideas de Platón, se terminan encarnando en múltiples objetos y de diversos modos. Uno de esos mitos (no se entienda mito por mentira) es aquel que dice que los seres humanos explotan en espiritualidad a causa del sufrimiento. El dolor es el catalizador de la reacción que transforma la materia en espíritu. En el cine y en la literatura, así como en las historias que van de boca en boca, los lugares característicos del sufrimiento son los barrios pobres o las áreas marginales de cualquier tipo. Son las comunas de Medellín, las favelas de Río, los slums de la India, los pueblos destartalados de los white trash gringos o los guetos de negros y latinos, y también, los grisáceos edificios de apartamentos en las afueras de las grandes ciudades de Rusia y Europa. En tales territorios se muele el fruto humano con el molino de las estrecheces y las humillaciones para extraer el más fino aceite espiritual. Otro mito, relacionado en parte con el anterior, es el de la prostituta que en verdad es un ángel o cosa parecida. Comúnmente conocido como “la prostituta de buen corazón”, esta idea se encuentra en realizaciones tan disímiles como Las noches de Cabiria (Le notti di Cabiria, 1957) de Fellini o Mujer bonita (Pretty Woman, Garry Marshall, 1990) con Julia Roberts. También se encuentra en Gerda, película rusa que muestra la sufrida existencia de una joven, habitante de uno de esos complejos residenciales de Europa del este, mustios y mugrosos, llenos de borrachos y desesperanza. Estudiante de día, stripper de noche, por encargo de la universidad hace encuestas al vecindario sobre sus vidas y sus opiniones. Los vecinos están aún peor que ella, que vive con una madre loca y aguanta las visitas de un padre adicto, probablemente un policía no muy ejemplar. La muchacha se llama Lera, pero Gerda es su nombre de bailarina toples, y es el nombre de un personaje de cuento de hadas. Cuando la joven cierra los ojos se ve a sí misma transformada en una criatura translúcida en medio de un bosque mágico, en unas secuencias estéticamente problemáticas, que recuerdan a Disney y a Tarkovski, sin lograr ser lo uno ni lo otro. El contraste entre el triste mundo real y el maravilloso de la fantasía, o de los recuerdos de infancia, es demasiado obvio, y da la impresión de que se quisiera endulzar un drama social con espiritualismo barato. Al final se ven talados los árboles de la plazuela del barrio, y esto es ya una metáfora demasiado fácil del desespero de la protagonista, que pierde real e imaginariamente cualquier ilusión de belleza y bondad en este mundo. Con todo, la película resulta conmovedora por momentos, y es precisamente en los instantes de mayor crueldad, por ser los más reales. Los momentos “mágicos” resultan extrañamente fríos e intrascendentes. La deprimida stripper o la ineficiente encuestadora valen más que el hada blancuzca de las nieves.

Publicado por EL BLOG DE MAGÍN GARCÍA

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