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Sangre casta

Pura sangre (Thoroughbreds, Cory Finley, 2017)

Se dice que el verdadero héroe de muchos thrillers y películas de acción de los ochenta y noventa es el psicópata. Si pensamos en El silencio de los inocentes (The Silence of the Lambs, Jonathan Demme, 1991) es claro que el personaje más carismático es el caníbal Hannibal Lecter, y no la melancólica agente Clarice. La razón está en las habilidades superiores del degenerado, pero también en su compromiso con su siniestro destino, que no consiste en nada diferente que en seguir sus instintos perversos sin disculparse por ello. Esa es la razón de su heroísmo: cumplir a toda costa una misión, que además es incomprendida por la sociedad, lo que aumenta su encanto.

En Pura sangre nos encontramos con un tipo particular de héroe, diferente a cualquier extraño enmascarado o musculoso griego, en muchos aspectos, pero que coincide con estos en varios rasgos esenciales. Tal personaje es el santo, o en el caso de la película, de una santa. La chica en cuestión es una adolescente sin emociones y de gran habilidad estratégica, pero cuya hazaña consiste en sacrificarse por su amiga, mucho más violenta, aunque con los nervios de una persona normal, o casi. La santidad no se limita al sacrificio, también viene en la forma de la absoluta desexualización de las protagonistas, sobre todo de la psicópata. Pero no es que no se muestre sexo, es que ni siquiera se sugiere. Y resulta curioso ver un thriller o neo-noir sin el menor rastro de tensión libidinosa. Ni entre las dos amigas ni con los zopencos personajes masculinos ni con nadie aparece el menor asomo de deseo o interés sexual. No hay sexo del malo, pero tampoco del bueno. Claro que tampoco hay violencia explícita, pero al menos esta sí se puede ver por sus consecuencias. Incluso la puesta en escena es frígida. Casi toda la acción tiene lugar en una fría y lujosa mansión, con una fotografía blancuzca. Hay además varias escenas rodadas en planos secuencias de movimientos muy suaves, que observan a los personajes sin afanes. Una renuncia a los efectos del montaje violento en una película de género, le da un tono casi etéreo, como fantasmal, a un drama más bien telenovelesco.

En realidad, la película se sostiene sobre la calidad de las dos actrices (Anya Taylor-Joy y Olivia Cooke) más que en su guion apurado y sin mucho suspenso, y en su puesta en escena excesivamente minimalista. Aunque, quizás Pura sangre sea el experimento fracasado, pero interesante, de hacer un thriller sin sexo ni violencia. Algo como para llegar a cierta sensibilidad puritana contemporánea, que quiere a sus asesinos y depravados, todo lo letales que se quiera, pero también castos y puros.

Publicado por EL BLOG DE MAGÍN GARCÍA

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