Mank (David Fincher, 2020)
Es bonita Mank y se puede disfrutar por su calidad de producción, sobre todo por la evocadora fotografía en blanco y negro. Sin embargo, padece del didactismo propio del cine de pretensiones históricas. Se ven con claridad las ambiciones de divulgación en las escenas de diálogos, donde los personajes comentan la situación política del momento a nivel local y mundial, así como los intríngulis de la industria del cine en la época de los grandes estudios de Hollywood. Largas parrafadas de diálogos explicativos que parecen sacadas de un documental con partes dramatizadas de Discovery o National Geographic.
Lo peor es que las secuencias que sirven para exponer el contexto histórico le restan fuerza al drama humano del guionista alcohólico y menospreciado, que se supone que es el eje de la película. Porque aunque el argumento se base en hechos reales, en verdad se trata de la vieja fábula del artista despreciado por los poderosos que solo lo usan para divertirse con él o para explotarlo, algo así como el poeta de El rey burgués de Rubén Darío. Pero el cuento de Darío se desarrolla en un escenario ideal, como de un cuento de hadas, mientras que Mank se quiere anclar en una época concreta del siglo XX, con Hitler en el poder y los millonarios gringos defendiendo sus privilegios a toda costa. La fábula se queda corta en su valor ejemplar, mientras que la clase resumida de historia resulta muy poco para quien sabe algo del tema, o un galimatías sin sentido para quien no está enterado.
Algo adicional. No es justo proceder por comparación, pero es imposible no pensar en Ed Wood (1994) de Tim Burton al ver Mank. La amarga e irónica cinta noventera gana por mucho a la pedantería de la producción de Netflix.