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Defensa del libro pirata

La mayor virtud de los libros piratas es la transparencia. Al ser baratos, nadie se fija en su carácter de objetos físicos, como nadie presta atención al límpido cristal de la ventana que nos deja ver el paisaje. Solo apreciamos tales libros como contenedores de textos. No es solo el precio el que es bajo, también lo es el valor como cosa material, pues su calidad estética es nula o incluso negativa. El libro pirata, de hecho, puede llegar a ser repugnante, ya sea por su intenso olor químico, cuando es nuevo, o por lo quebradizo y desteñido de sus hojas, con el aroma a moho tan característico, cuando ya carga muchos años encima. Pero es que además obliga al lector a enfocarse en lo impreso, no solo por lo pobre y feo del papel y del diseño, sino también porque con frecuencia las letras son borrosas o de tonos pálidos, lo cual hace que haya que forzar la mirada para descifrar lo escrito. Se trata de un gran beneficio, aunque no lo parezca, pues siempre se ha sabido que una silla demasiado cómoda no es conveniente a la hora de ver un espectáculo, porque, como es natural, favorece al sueño. Pero sin duda lo más destacado del libro pirata, sobre todo cuando se trata de ediciones de clásicos de todos los tiempos, es que es imposible usarlo como adorno. Si hay algo que caracteriza a estas tristes ediciones es su carácter indecoroso. En una habitación, una edición pirata de la Eneida o del Lazarillo de Tormes causa el mismo efecto que unos calzoncillos tirados en la cocina. Un tomito de Juan Rulfo, con su novela y sus cuentos, impreso en papel ordinario y sin siquiera un nombre de editorial, acomodado en una biblioteca hogareña, es comparable a un pañal flotando en una piscina. Pero lo que es deshonra para el buen gusto y el diseño de interiores, es honor para la literatura y la filosofía. Algunos dirán que los libros piratas, o ediciones baratas y anónimas, son en extremo frágiles, que se desarman con solo tocarlos. Pues el caso es que es este un síntoma de su mérito. El libro se deshace en las manos del lector como la hostia se disuelve en la boca del comulgante. El texto y Cristo, en ambos casos, se contienen en materiales humildes y delicados, que por su miseria no merecen atención. El libro lujoso, la edición cuidada, y muy legal, son cosa de idólatras y fetichistas, no de verdaderos católicos ni de lectores curiosos.

Publicado por EL BLOG DE MAGÍN GARCÍA

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