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Náufraga en la gran ciudad

Supongamos que Nueva York es una ciudad (Pretend it’s A City, Martin Scorsese, 2021)

Fran Lebowitz es autora de varias colecciones de ensayos. Podría pensarse que la serie documental de siete episodios Supongamos que Nueva York es una ciudad es una especie de conjunto de ensayos audiovisuales, como una versión cinematográfica de sus textos humorísticos. Sin embargo, el aspecto visual es muy secundario en esta producción de Netflix, tanto que no es exagerado decir que se trata de una serie que se puede leer. La voz y la llamativa expresividad de la protagonista, el histrionismo natural de la famosa conferenciante y comediante neoyorquina es el único elemento extraliterario que se destaca, aunque su figura se va desdibujando por las palabras mismas que pronuncia, siempre contundentes, a veces polémicas, nunca aburridas o convencionales.

Fran Lebowitz no tiene computador ni celular, lo cual no le ha impedido ser una figura pública con cierto reconocimiento en los tiempos actuales, al menos en Estados Unidos. Quizás la explicación está en los excelentes amigos que tiene en el mundo del espectáculo y en ambientes intelectuales y políticos de prestigio. Ha contado con la ayuda de un ilustre camarada para ingresar con honores en el mundo de internet. Nada menos que Martin Scorsese se ofrece como sparring para que la polemista descargue sus golpes, con el añadido de una producción de calidad, estilo Hollywood. Un documental anterior había sido hecho también por Scorsese sobre Lebowitz (Public Speaking, 2010), pero en un formato más humilde, pues la película consistía en una recopilación de apariciones públicas de la autora. Aquí la producción es más elaborada, además de ser una serie y de entrar en la programación del monstruo de la distribución de contenidos cinematográficos más potente del mundo. Es la entrada de Lebowitz en el circuito de internet por todo lo alto. Ya que no puede moverse por sí misma en la red, necesita de un guía. No puede abrir su canal de YouTube, por ejemplo, pues ni siquiera tiene wifi en casa, pero puede convertirse en youtuber por interpuesta persona. Porque Fran Lebowitz es una youtuber, solo que una muy aguda y divertida, cuyo material no consiste en repetir obviedades y cursilerías sobre su vida privada o recitar datos sacados de Wikipedia, y tampoco parece estar afiliada a ninguna causa de las que hacen ganar seguidores en las redes. Pero es youtuber a pesar de todo porque su género es el monólogo y porque siempre parte desde su yo personalísimo para hablar de cualquier cosa. No habla desde ninguna institución o ideología, y mucho menos una filosofía, sino desde su propia experiencia vital, como hacen o fingen hacer los youtubers (olvidemos el caso de los divulgadores o voceros de regímenes). Pero estos lo que en realidad hacen es repetir el mismo esquema hasta el infinito, lo cual ha llegado al paroxismo en TikTok. Lebowitz, por el contrario, habla de todo lo que le sale al paso sin responder a ningún esquema preestablecido. Así por ejemplo, en una serie que supuestamente habla sobre Nueva York y sus problemas, una porción del último capítulo se dedica a relatar una anécdota con osos en Alaska, y es uno de los momentos más divertidos y más ilustrativos sobre el personaje. Lo otro es que es una youtuber que no tiene problemas con el copyright de la música y de las imágenes de archivo, pues el presupuesto de Netflix le permite estar tranquila en este punto, y además le evita hacer la pose de sufrida creadora de contenido que se queja de las largas horas editando su video para que la malvada plataforma se lo “baje” por culpa de los reclamos de propiedad.

En todo caso, no tiene mucho interés la producción como tal, pues su mayor mérito es dejar hablar a la protagonista, sin discutir con ella, y en esto también se parece a una cantaleta de youtuber, en que nunca hay debate. A las palabras de Lebowitz siempre se responde asintiendo o sonriendo (a veces riendo a carcajadas). Y siguiendo su discurso sobre la ciudad de Nueva York, se descubre una conclusión interesante sobre la vida en una gran urbe, no solo en la Gran Manzana: en una ciudad, en realidad nadie vive. Todos sus habitantes se refugian entre cuatro paredes y se mueven entre cuatro lugares, o incluso menos. Los urbanitas son como los pasajeros de un barco que, sin mentir, pueden decir que están en el océano, aunque en verdad, el mar solo los sostiene y hasta puede que los conduzca, pero ellos, si miran la superficie azulada, ven solo peligro, y sobre todo extrañeza. El pasajero del barco necesita del océano, pero le teme y con razón: es todo lo contrario de un pez en el agua. El caso de Fran Lebowitz es un caso de una experimentada marinera en las aguas de la gran urbe que, sin embargo, todos los días ve como la misma ciudad que la sostiene y alimenta, trata de ahogarla.

Publicado por EL BLOG DE MAGÍN GARCÍA

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