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Chaplin ochentero

Mona Lisa (Neil Jordan, 1986)

No cabe duda de que una de las películas más valoradas de Neil Jordan es El juego de las lágrimas (The Crying Game, 1992). Es probable que sea una de las mejores producciones británicas de los años noventa, con una nota muy alta para sus actores, pero que sobre todo se destaca por la profundidad y complejidad del drama, donde confluyen lo personal y lo social de manera brillante, muy superior al thriller criminal hollywoodense promedio. Un trabajo ochentero de Jordan, Mona Lisa (1986), menos célebre hoy, aunque muy bien recibido en su momento, parece una especie de ensayo o boceto de la cinta de los noventa.

La estructura básica de las dos historias es prácticamente la misma. Un hombre derrotado y perdido encuentra en una inesperada, y muy problemática relación, una oportunidad de reencausar su vida, y sobre todo de encontrar algo de dignidad en un mundo corrupto. Este esquema, que además es común a muchas otras obras de género negro, es ambientado en El juego de las lágrimas en el contexto del conflicto de Irlanda del Norte, con un militante del IRA como protagonista. Se entiende que la realidad de la situación compleja de aquellos años hacía muy pesado el drama ya desde el comienzo. También la realidad social de una época y un país sirven de fondo para Mona Lisa, que tiene lugar en el bajo mundo londinense de los años del thatcherismo, pero jugando con los estereotipos de las novelas de detectives y el cine de gánsteres. Así que, aunque la ciudad de Londres, con sus hoteles lujosos y cuchitriles es retratada con tonos realistas, el mundo de los personajes debe mucho a referentes literarios y cinematográficos muy conocidos. Hay algo hasta de metaficción en el protagonista y su amigo que leen novelas policiacas mientras se ven envueltos en un enredo detectivesco muy peligroso. Quizás esta distancia de la realidad, sin abandonarla del todo, hace que Mona Lisa sea una película más fácil de ver que El juego de las lágrimas, aunque también sea menos perfecta. Además, ayuda la simpatía de Bob Hoskins como el más improbable gánster heroico, sobre todo en una época como los años ochenta, con sus matones musculosos que salvan el mundo a patadas y balazos. Este exconvicto podría ser interpretado por Chaplin, con su rusticidad y fragilidad, pero con un cierto ingenio callejero y un coraje brabucón, pero sincero.

Publicado por EL BLOG DE MAGÍN GARCÍA

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