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No hay drama

El hombre del norte (The Northman, Robert Eggers, 2022)

Según dicen, la historia de El hombre del norte se basa en textos medievales escandinavos que también sirvieron de inspiración para el Hamlet de Shakespeare. La trama, en rasgos generales, es la misma, y el protagonista de la cinta de Eggers se llama Amleth, palabreja que, al menos en español, suena casi igual al nombre del personaje del drama isabelino. Hasta se puede ver en escena el cráneo de un bufón, pero no se llama Yorick, sino Heimir. En cualquier caso, que nadie se asuste, o se entusiasme, por las posibles referencias shakespearianas en la película. La relación entre la obra del bardo inglés y la cinta de Robert Eggers es un asunto erudito, que francamente no vendría al caso, si no fuera por la insistencia en este punto entre algunos miembros de la prensa y los comentaristas aficionados de internet. Porque el héroe de la superproducción vikinga no tiene nada de melancólico ni dubitativo, tampoco es aficionado al teatro ni se explaya en largos soliloquios. El príncipe fugitivo y renegado se parece más a la protagonista de la película gore Escupiré sobre tu tumba (I Spit on Your Grave, Meir Zarchi, 1978), que tuvo remakes en los dos mil, con el título en español de Dulce Venganza (Steven R. Monroe, 2010 y 2012), u otra cinta de culto de Wes Craven, La última casa a la izquierda (The Last House on the Left, 1972), que también tuvo versión en el siglo XXI (Dennis Iliadis, 2009). En realidad, las historias de venganza son incontables, pero estas cintas menores de los setenta del llamado “cine de explotación” (Exploitation Films) vienen a la mente al ver la violencia sanguinolenta de las batallas y asesinatos, y hasta de los partidos de hockey sobre césped.

Dos características distinguen a esta gesta nórdica de las películas sobre violación y revancha de bajo presupuesto: la gran calidad técnica, con enorme cuidado de toda la estética del film, y el hecho de que es imposible identificarse con el protagonista justiciero. Es muy difícil no compartir la ira de la mujer brutalmente agredida y no sentir satisfacción con su meticulosa venganza, aunque den un poco de vergüenza las actuaciones, y la fealdad general de las producciones hagan que brinque el sensor de buen gusto a cada momento. Aquí las motivaciones del protagonista son una especie de pretexto para engranar una brillante colección de ritos mágicos, delirios místicos, combates terribles, duelos a espada y cabalgatas a través de paisajes espectaculares. El destronado príncipe Amleth es un dispositivo que se ocupa de venganzas, así como otros se ocupan de lavar ropa. Aún Terminator, el sicario robótico por excelencia, tiene más encanto humano que el guerrero nórdico. Al menos dice líneas chistosas, como la famosa “hasta la vista, baby”. El rudo mercenario medieval es incapaz de articular nada distinto a frases grandilocuentes donde declara sus tétricas intenciones.

Será que se supone que el héroe y los demás hablan como los personajes de las crónicas y poemas medievales en que se inspira la película. En La bruja (The Witch, Robert Eggers, 2015) también se usaban expresiones sacadas de textos del siglo XVII en Norteamérica, pero el desamparo de la joven puritana y su familia frente a las fuerzas del Diablo, aunque también frente a la pobreza, no era una referencia literaria o arqueológica.

Este drama vikingo tiene mucho de vikingo y poco de drama. El legendario Ragnar Lodbrok de la serie de History Channel (Michael Hirst, 2013-2020) es mucho más interesante que el príncipe Amleth. Al menos es un animal astuto e irónico. El tal “hombre del norte” se parece más a una piedra que rueda por un barranco: llamativo, atronador, incluso bello, pero, en últimas, intrascendente.

Los ritos y los muñequitos

The Batman, Avengers, Justice League, Morbius…

Dicen que los espectáculos en la antigüedad tenían un carácter religioso. La gente veía las actuaciones cómicas o trágicas como parte de una festividad sacra, no solo como pasatiempo. En la actualidad es difícil pensar en religión y entretenimiento al mismo tiempo, o por lo menos no es lo más habitual. Las celebraciones religiosas son obligaciones más o menos penosas, no muy excitantes y casi siempre aburridas. Hay que mantener en presencia de los ritos una actitud seria y reservada, como la que se tiene en los velorios cuando el muerto no es muy cercano. Hay que mantener las formas para no molestar a los deudos y no quedar como un tarado. En cualquier caso, la asistencia a celebraciones religiosas públicas hoy en día no se parece en nada a una fiesta. Es más, tiene más relación con asistir a clase o cumplir una jornada laboral. Se trata de un deber social, algo que representa un sacrificio, aunque sea por nuestro propio bien, pero que no produce un entusiasmo auténtico.

La asistencia a películas de superhéroes es una especie de melancólico rito que se cumple para compartir con el prójimo, con el objetivo de no quedarse relegado en las conversaciones y no sufrir el escarnio de ser “el único que no se ha visto…”. De ahí que sea común el aire irónico que adoptan algunos espectadores respecto a las películas basadas en cómics. Se dan el lujo de no tomarse en serio los dramas de los enmascarados y de hacer chistes, a veces groseros, respecto a la superproducción que llevaban meses o años esperando. Es la misma actitud extraña de quien nunca falta a misa, pero afirma que en el templo no hace otra cosa que luchar contra el sueño, y se complace en hablar de lo desafinado que es el cura cuando canta.

Tal vez sí existan quienes de verdad acuden con entusiasmo y fervor a ver los héroes de Marvel o DC. Son los alumnos que en serio leen los textos para la clase y hacen resúmenes, o los fieles católicos que conocen a fondo los ritos, se saben los cantos y leen la Biblia. En el caso de las películas, son los lectores de cómics y comentaristas de internet. Sofisticados individuos que quieren ver en pantalla lo que han aprendido en años de paciente vagancia, entregados al coleccionismo y la datofagia. Son como científicos que observan un experimento y cualquier cosa que se salga de sus expectativas es un error. Son un público exigente que evalúa la cinta con aire profesoral, atentos a cada detalle. El problema es que no hay espacio para disfrutar los valores de la obra, más allá de la comparación con algún modelo, sobre todo literario, pero tampoco para la interpretación del sentido de la película de acuerdo a sus propias características. Cualquier búsqueda de sentido está prohibida, pues todas las respuestas están dadas en los legendarios textos sagrados de las historietas.

Así pues, unos van a ver superhéroes como parte de un destartalado ritual de sociabilidad, y otros van como expertos peritos, empeñados en juzgar la fineza de una determinada producción de acuerdo a muy precisos estándares. Los réprobos y los ignorantes no son bienvenidos a la exhibición de una cinta de Marvel o DC.

Porno metafísico: El hombre duplicado

El hombre duplicado (Enemy, Denis Villeneuve, 2013)

El título en español de esta película es engañoso. Un espectador crédulo podría imaginar que se trata de una historia sobre la clonación o cualquier rollo parecido de ciencia ficción. El título original, Enemy (enemigo), podría hacer pensar en una cinta de acción, como por ejemplo la famosa Contra/Cara (Face/Off, John Woo, 1997) con John Travolta y Nicolas Cage, intercambiando rostros y roles, además de muchos balazos. Pero nada de esto, El hombre duplicado más que la emoción de las peleas o el impacto del futurismo cientificista, lo que propone es un reto para aficionados a resolver enigmas. La película protagonizada por Jake Gyllenhaal pertenece a un género que podría denominarse drama filosófico. Algo que define este tipo de obras es que los personajes carecen de individualidad y son más bien fichas en un juego. Los protagonistas de El hombre duplicado son parientes del “gato de Schrödinger” y del “asno de Buridán”. Están más cerca de las figuras geométricas y del número π que de seres de carne y hueso, y aún de personajes ficticios como Ulises o Don Quijote. Del mismo modo que no nos interesa saber de qué color era el gato del experimento, tampoco es relevante la historia personal o la barba del protagonista de la cinta de Villeneuve. No es importante, aunque se mencionen la barba y otras partes del cuerpo de los personajes, porque estos supuestos seres humanos no son más que miembros en el planteamiento de una complicada ecuación filosófica que, al parecer, el público debe resolver. De ahí que resulte contradictorio que la puesta en escena sea tan llamativa estéticamente, porque la seducción visual hace perder el hilo del enredo metafísico planteado.

La ciudad de Toronto es fotografiada como una pulcra, aunque desapacible mole de concreto, sin las típicas casitas de suburbio norteamericano con jardín y porche. Solo bloques de cemento y vidrio que transmiten una frialdad aterradora, donde, curiosamente, habitan seres humanos muy atractivos y bastante candentes. Este contraste entre la sordidez del escenario y la belleza de las figuras humanas produce la extraña sensación de estar viendo un comercial de perfume. Como es sabido, un truco muy socorrido en ciertas producciones publicitarias consiste en hacer posar a modelos despampanantes con poca ropa en medio de fábricas ruinosas o bodegas vacías. Suena extraño, pero los hierros oxidados y las paredes con humedades combinan con los senos turgentes y los tacones de veinte centímetros. En resumen, los gatos y los asnos de este experimento mental titulado El hombre duplicado parecen los protagonistas de una telenovela turca o de un comercial de Dolce & Gabbana.

Quizás se trate de una película de doble propósito, como ciertas razas de ganado. Por un lado, busca que el espectador se satisfaga mientras resuelve el intrincado acertijo del pobre señor que se encuentra a otro exactamente igual a él, pero no tan buena gente, con todos los problemas lógicos y sicológicos que se crean; mientras que, por otro lado, el público puede deleitarse con el más humilde placer de contemplar a gente bonita y sensual, con cuerpos bastante “normativos”, como se dice hoy en día, que a veces se ponen cariñosos, aunque se incluye el fetiche de la embarazada, que puede que no sea del agrado de algunas personas. De ahí que se logren dos objetivos, de una parte, se promueve la masturbación propiamente dicha, a partir de la gracia natural de los actores, pero además se busca que el espectador se restriegue el cerebro resolviendo el rompecabezas de la trama, con sus giros inesperados y sus imágenes extrañas, lo cual equivale a lo que vulgarmente se llama masturbación mental. Así que probablemente el nombre del género al que pertenece El hombre duplicado no sea el de drama filosófico, sino más bien porno metafísico.

Blow-up

Blow-up (Michelangelo Antonioni, 1966)

El fotógrafo protagonista es un tirano melancólico –como suelen serlo- cuando está en su estudio rodeado de modelos suplicantes y ayudantes serviles. Tiene un dominio técnico y carismático a la vez sobre su entorno. El amanerado desorden de su casa-taller es un paisaje que domina como un señor feudal.

Sin embargo, fuera del estudio se convierte en una especie de viajero perdido en una ciudad desconocida. Aunque no es diferente, en apariencia, a los demás, parece un visitante de otro mundo. Quiere imponer su autoridad con su mirada desdeñosa y su voz grave, pero el resultado es casi siempre desconcertante. Es curioso lo tímido que es con las mujeres en el mundo exterior. El macho dominador da paso al acomplejado colegial. Ni siquiera el dependiente de un negocio de antigüedades o el mesero de un bar lo tratan con respeto. Su jefe lo trata con indiferencia. No es que sufra graves percances, lo que sucede es que su única posición posible es la de observador. Cualquier intervención que realice resulta incómoda para los presentes, pero sobre todo para los espectadores.

Cuando toma las fotos en el parque de una pareja que parece estar actuando de manera demasiado cariñosa, y la mujer en cuestión va a recamarle los rollos, parece un momento más de incomodidad en la vida del fotógrafo. Luego va a su estudio –fortaleza de superioridad- y descubre algo sospechoso en las fotos. En el estudio es un dios que todo lo ve. Sin embargo, cuando trata de llevar esa información al exterior, sus acciones vuelven a ser torpes y carentes de efectividad. Este pobre hombre debería quedarse encerrado en su taller para siempre. Aunque sea un tirano en sus dominios, su desamparo es excesivo en el mundo exterior. Lo irónico es que su impotencia resulta conmovedora, a pesar de ser un sujeto repelente.

El macho y el problema de la imaginación

Tener una imagen del mundo y de sí mismo es propio de los seres humanos. Tenemos ideas como tenemos órganos, y de estos como de aquellos no podemos prescindir si queremos seguir vivos, sobre todo para actuar con alguna soltura en el mundo. Es como si dijéramos que un pobre ser, además de cargar con el peso acumulado a lo largo de los años de sus propias carnes, tiene que echarse al hombro las ideas que sobre él y todo lo demás se ha formado en el transcurso de su vida. De este fardo de fantasías va sacando lo que necesita para sostenerse en la existencia, como si fuera un almacén de provisiones o un arsenal. Aunque no todo lo que guarda sea útil y quizás en algún momento de desespero desearía tirar a la basura más de una idea que no sirve, pero sí estorba. Pero todo, lo bueno y lo defectuoso, pesa enormemente, y no hay manera de liberarse de la carga imaginaria, pues es un esqueleto y una musculatura tan necesarias como las del cuerpo.

La importancia de la imaginación en la existencia se puede ver con evidencia en las relaciones interpersonales. Tener fantasías en común es lo que une a los hombres a un nivel íntimo. Dos individuos pueden estar cerca día y noche, y aun compartir intereses y, sin embargo, carecer de verdaderos lazos de unión. Si dos son aficionados al futbol con igual pasión, lo cual quiere decir que se imaginan que su vida depende del resultado de un partido, estarán unidos por una cadena fortísima hecha de las comunes ilusiones. En cambio, puede que dos miembros de una familia se hayan criado juntos y, sin embargo, sostener una relación meramente oficial, unidos por intereses, podría decirse, únicamente políticos: sentido de la responsabilidad, agradecimiento o, en última instancia, la necesidad económica.

Por otra parte, las más grandes enemistades se generan por efecto de la inoportuna imaginación de agravios recibidos. Los problemas reales son más susceptibles de resolverse apelando a la razón, o simplemente por la acción sanadora del tiempo. Pero el insulto producto de la fantasía del agraviado se niega a borrarse de la mente, precisamente por ser obra del propio ofendido. Cuida y cultiva la maldad que cree haber padecido como si fuera una planta de su jardín.

En verdad, se podría decir mucho de los efectos de la imaginación en la vida, buenos y malos. Se dice, por ejemplo, que la imaginación es la base de la actividad literaria, lo que hace que algunos poetas vivan en otro mundo, alejados de la realidad. Es posible que tal cosa sea una leyenda, probablemente alentada por algunos poetas. Quizás no sea cierto que la principal cualidad de los poetas es una imaginación poderosa. La poesía es una actividad que tiene una dimensión técnica, digamos que artesanal, muy importante, además de un componente de estudio y lectura, que hace que la imaginación sea más bien un insumo, entre otros, para la producción literaria. Pero este es un tema complicado. Mejor dejarlo de lado y observar un tipo humano en el que la imaginación sí es predominante, sí es el elemento central. Este espécimen, esclavo de su fantasía, es el macho. Y esto aun en los aspectos más cotidianos de su existencia.

Ninguna ley escrita en un código le dice al macho que él es el guardián de las mujeres de su entorno, o incluso de todas las mujeres. Pero él vive en la fantasía de ser inspector de las hembras, y cree que la naturaleza le ha dado esta misión, lo mismo que le dio testículos y barba. La actitud agresiva y controladora de los machos con las mujeres no se debe a que sean misóginos. No es el odio lo que los mueve. La verdadera razón está en que han cosido para sí un traje de héroe protector, tan pegado al propio cuerpo que es casi una piel. Este papel de defensor es tan importante que supera incluso al deseo sexual. Quizás el macho sea en realidad más bien frío, y en todo caso su comportamiento posesivo incluye también a hombres, por ejemplo sus propios padres. Quizás no se ve a sí mismo como una figura violenta, como un gendarme o un soldado. Es probable que su autoimagen sea la de un ángel guardián, con sus alas blancas y tez sonrosada.

Pero no solo el papel de guardia perpetuo y obsesivo mantiene ocupada la mente del macho. El macho es también un competidor, que ve un retador en cuantas personas se encuentra. Todos serán sus enemigos. La vida es un brumoso campo de batalla donde solo logra ver las lanzas amenazantes sin ningún rostro humano detrás. Parece un despropósito hablar en términos épicos o legendarios acerca de un tipo tan vulgar como el macho, pero es en este mundo de figurones fantásticos, lleno de ángeles y guerreros donde vive en verdad el pobre hombre.

Estas imágenes que crea en su mente son lo más preciado para él. Siempre que encontremos un macho lo veremos amar u odiar con furor ciertas cosas. En principio juzgaríamos que los objetos de sus sentimientos son realidades. Nada de esto. El macho gasta su caudal sentimental en puras creaciones de su fantasía. Tal vez todo el problema del machismo sea una enfermedad de la imaginación. Una especie de relación poco higiénica con ciertas creaciones de la mente. Puede que tales absurdos fantásticos sean inevitables, pues son fabricados por el cerebro machista con materiales extraídos del medio social, pero al menos pueden ponerse a una respetable distancia que permita verlos separados de los objetos reales. De ahí que sea la disciplina realista la única que puede salvar al macho. El combate al machismo no debe darse en el terreno moral sino en el filosófico. Si pudiera tomar conciencia de los límites de su cuerpo, por ejemplo de sus limitadas capacidades físicas e intelectuales, se detendría un momento antes de asumir como ciertas las creaciones de su mente machista. En últimas, la situación del macho y de su salvación es un problema ontológico: qué es y qué no es.

Un error

Uno de los pecados veniales más tontos, o si se quiere, de los errores más disculpables que puede alguien cometer, es volver a ver una gran película después de muchos años. Parece una inocuidad, pero tiene consecuencias lamentables en la vida del aficionado. No tiene caso citar ejemplos de filmes específicos, pues se suscitarían las inevitables controversias acerca de si tal obra es tan importante como dicen o es un bodrio sobrevalorado. Que cada quien ponga el título que prefiera. El punto es que el nuevo visionado de la antigua película, que recordamos como una sensación agradable, aunque hayamos olvidado gran parte del argumento y apenas si vislumbramos alguna imagen, quizás más que nada por el bombardeo de fotogramas, clips y  carteles que traen las redes sociales; digo que volver a ver la tal obra nos deja un extraño malestar, que proviene, cosa rara, de que la encontramos magnífica. El problema no es con la gran película, el problema es con las otras, especialmente con las nuevas. La riqueza de la obra revisitada nos hace caer en cuenta de la pobreza del resto. Y no podemos caer en la obviedad de pensar que la solución es ver únicamente películas viejas. A la larga se convertirían en vomitivos. El problema es muy hondo y exige un remedio radical. La solución es dejar de ver cualquier tipo de películas. Abstenerse hasta de los videos musicales de YouTube. Renunciar como un penitente a la pecaminosa vida de cinéfilo y aun de vulgar espectador ocasional. Solo quedará el recuerdo de algunas películas y se evitará la pena de la mayoría.

Filología y analfabetismo

La lectura filológica de un texto es una invitación al analfabetismo. Cierto día leemos una investigación alrededor de una obra que trata de explicar cómo se construyó y por qué: qué estrategias retóricas utiliza para lograr lo que supuestamente se propone, qué recursos, qué descubrimientos formales, qué fuentes o influencias se encuentran en el texto en cuestión; o bien, quién lo escribió, contra quién, a favor de quién, dirigido a quién. Ahí es cuando descubrimos cómo se debe leer correctamente una obra. El resultado de tan detallado trabajo deja al descubierto lo inadecuados que somos para leer casi cualquier cosa. Tan imbécil es el que lee a un novelista o un filósofo sin haberlo estudiado al derecho y al revés, como quien cree comprender la Biblia con solo saber juntar letras en su lengua materna. Solo los expertos, que leen en hebreo y en griego, pueden sacarle el jugo a esa colección de historias rarísimas y de doctrinas delirantes. En definitiva, leer es, para el ignorante, una conchudez. El que lee sin conocimientos especializados y profundos sobre la obra es como un niño de cinco años que bebe whiskey. El organismo no le da para eso y lo justo sería que se alejara del licor como de la peste. Sin embargo, leer solo cosas que se adapten a nuestro pobre nivel intelectual y escasa formación sería una gran desgracia. Para leer textos iguales a nosotros en mediocridad e insensatez bastan y sobran las redes sociales. Por eso quizás lo mejor sea el analfabetismo.

Sangre sabia

Sangre sabia (Wise Blood, John Huston, 1979)

Es curioso, pero se dice que los basureros, los hierros oxidados y la madera podrida son muy fotogénicos. Los fotógrafos aficionados, y aun los profesionales, aprovechan siempre la oportunidad de sacar una instantánea cuando se encuentran con alguna casa en ruinas o un carro destartalado, y ni qué decir de una puerta vieja y rota; esto ya es una maravilla para la cámara. Instagram está lleno de tales retratos de la decadencia. En el mismo sentido, se encuentran los rostros arrugados de las pobres gentes, ya sea en las redes sociales o en los reportajes de prensa.

En la película Sangre sabia aparecen todas las cosas feas imaginables. La pobreza, la ignorancia y la mezquindad reinan sin límite. Sin embargo, no es posible ver el encanto estético que se suele atribuir a las cosas destruidas (incluidos los cuerpos humanos) cuando se fotografían o se pintan. Este amor a las ruinas y a la decadencia parece que es de origen romántico, y sin duda tiene su mérito y su importancia, pero, por lo mismo, es muy valioso, por lo arriesgado y raro, mostrar la fealdad y la pobreza con todo su carácter negativo, que es el que tienen en la realidad cotidiana. Un buque abandonado, oxidándose en una playa, lleno de porquerías de origen orgánico o químico, funciona muy bien como parte de una escenografía apocalíptica, pero es una desgracia para el puerto donde tristemente se encuentra varado. En plan más cotidiano, un viejo televisor, gordo y pesado, que ni siquiera enciende, es un estorbo, un contenedor de polvo, y hasta un peligro, si a alguien le cae en un pie, aunque se vería de maravilla en una publicación de Instagram, si a la foto se agrega un desteñido cuadro de un santo y un gato que duerme encima del aparato.

En esta decisión de mostrar lo feo, tal y como se presenta en la vida de todos los días, es donde quizás está el secreto de esta película tan extraña, tan difícil de interpretar, si se atiende solo a sus personajes, individuos irracionales, sujetos de comportamientos extremos, siempre negativos, que fluctúan entre la locura, la tontería y la maldad. Todo en un contexto movedizo entre la charlatanería y el fanatismo religioso. La historia sigue a un veterano de guerra convertido en predicador del ateísmo, que luego se transforma en el más triste y patético asceta imaginable. Pero no es en la desventurada trayectoria de este hombrecito y sus acompañantes donde aparece la esencia religiosa, específicamente cristiana de la película. Es en la vulgaridad y miseria del escenario en que viven. Pues en ese mundo de ciudad provinciana fea, triste, y sobre todo pobre, no parece haber más salida que la que promete Dios. Uno se puede sentir tentado a gritarles a los personajes que cambien la dirección de su vida, que intenten un camino más razonable, pero la verdad es que no se ve cómo podrían hacerlo. En esa tierra que parece el infierno (el infierno de la vulgaridad cotidiana) contemplamos a sus delirantes habitantes con espanto, pero sin poder juzgarlos. No hay esperanza aquí abajo, pues todo está mal, lo mismo personas que cosas. Solo en Dios hay salvación. Aunque, en la película, Dios tampoco se vea en el horizonte.

El llanto del macho

Se oye decir que los machos y machistas sufren por no poder expresar sus sentimientos. Su frialdad y dureza se vuelven contra ellos. El macho se guarda el malestar y esta acumulación de miseria se infecta en el interior del pobre hombre. Si no callara sus conflictos y dejara correr las lágrimas, el macho ganaría en bienestar y pondría en cuestión su retorcida actitud dominadora y cruel. Vería que igual que él los demás también sufren, y adquiriría la virtud de la empatía, fundamental en una justa convivencia humana. Sin embargo, todo este razonamiento parte del error de creer que el macho real no es llorón.

Toda dominación se ejerce sobre el cuerpo y desde el cuerpo. Dentro de los elementos corporales más agresivos, y por ello más útiles como armas, están los fluidos. La sangre es la primera en violencia. Ya sea para amenazar con hacerla correr o para exhibirla y causar impresión. Pero las lágrimas también tienen lo suyo como munición. El macho sabe usar el llanto para hacer valer su voluntad. No solo los niños utilizan este arsenal líquido para ganar posiciones. Al hombre chillón hay que prestarle atención, y la verdad de su opinión está demostrada de modo irrefutable por los ojos rojizos a causa de la sal de las lágrimas. La idea de que los machos no lloran es un cliché cinematográfico, propagado por duros de Hollywood como Charles Bronson y Clint Eastwood. Pero el macho inexpresivo en todo momento es tan fantasioso como el arma cuyas balas son infinitas o como lo automóviles que siempre explotan al chocar. En realidad, la exhibición o no de los sentimientos es un asunto secundario a la hora de entender el machismo. Lo decisivo es el egoísmo. El macho llora, y mucho, por lo que a él le interesa, por defender su causa. Las lágrimas son una forma de chantaje que genera conmiseración, pero también miedo. Y todo este exhibicionismo es probablemente sincero, pues para él solo importa su propia voluntad.

El autor como milagro

Benedetta (Paul Verhoeven, 2021)

En la película Benedetta, una monja recibe los estigmas que aparecieron en el cuerpo de San Francisco de Asís. En la piadosa mujer se reproducen las heridas que sufrió Jesucristo durante la pasión. Algunos dudan de la autenticidad de tal milagro y creen que se trata de un astuto simulacro para ganar reconocimiento y poder. Sin embargo, otros consideran que, reales o falsos, los estigmas de sor Benedetta son útiles para atraer peregrinos y, por tanto, dinero. Esta búsqueda de santos, la pasión por la santidad, ya sea por fe, novelería o interés, es muy parecida a la obsesión de los medios, las redes, y algunos espectadores, con la figura del autor cinematográfico.

El común denominador entre quienes alaban la última película de Paul Verhoeven es celebrar el reverdecimiento creativo en plena vejez de un misterioso autor despreciado en el pasado por realizar películas de género en Hollywood. Descubrimos que este viejo director holandés que hizo su fortuna en California vuelve al viejo mundo para darle un revolcón al aburrido cine europeo. Lo hace con una historia de monjas cachondas, anticlericalismo, ambiente de época, con caballos y disfraces a todo dar, y autoparodia. Si en el pasado hizo sus obras al modo de thrillers eróticos noventeros (Basic Instinct, 1992) y robots justicieros ochenteros (RoboCop, 1987), injustamente despreciadas, ahora realiza telefilmes de tema histórico con toques ideológicos muy en onda, salvo que ahora sí será recompensado. La crítica reconoce sus méritos presentes y corrige los errores al juzgar su obra en el pasado.

La pregunta interesante es por qué es tan necesario que existan autores cinematográficos. Genios que impregnan con su alma cada plano. Todo ese rollo autoral tiene mucho de fantasioso, tanto como los estigmas de Benedetta. A una parte del público, como a muchos críticos, periodistas y publicistas les encanta hacer aparecer estos seres sobrenaturales llamados autores, más si son malditos o marginados o poco apreciados en el pasado. Toda esa tramoya romántica del genio mártir sirve para hacer crecer sus figuras ante el devoto creyente en la “magia” del arte cinematográfico, y por ese medio aumentar el valor de obritas irregulares y olvidables, que se venden como extraños testamentos de almas torturadas.