Excelente ubicación

Dos hombres discutían a los gritos junto a la puerta del edificio. Saltaron a la calle y por poco los atropella un carro. Reímos mucho con esta escena mientras subíamos las sucias escaleras que conducían al quinto piso. Desde el balcón se apreciaba el tráfico de la calle y los numerosos indigentes que cruzaban la vía toreando los carros. Las risas de la entrada se desvanecieron al ver la masa mugrienta ingresar al edificio. Quizás no es el mejor lugar para la oficina, a pesar del techo alto y los ventanales enormes donde las montañas se ven como paisajes pintados.

La ciudad sitiada

“Prescindiendo de los múltiples peligros a que se ven expuestas las personas dentro de una ciudad sitiada, yo no he visto en mi vida cosa más divertida y emocionante que un sitio; en él se borran los distingos políticos y sociales y todos se consideran como miembros de una gran familia, ligados por temores, deseos y necesidades bien iguales”. El viejo memorialista recordaba con agrado y nostalgia un episodio de la guerra que no podía ser más que atroz, como todo lo bélico. Sin embargo, no es el único. Un cronista más antiguo dice: “Nunca es tan dulce la vida como en una ciudad sitiada con el enemigo a las puertas”. Y más adelante: “Encerrados sentíamos el raro perfume del peligro que hacía que se relajaran las costumbres y se tensaran los cuerpos”.

Leíamos en cuarentena y buscábamos el espíritu corruptor, liberador y comunitario del confinamiento que prometían los historiadores pueblerinos de siglos pasados. La cárcel hogareña no ofrecía lugar para la desgracia, aunque tampoco para el hedonismo. Y eso a pesar de todas las metáforas bélicas que los gobiernos y la prensa han usado desde que los científicos bautizaron al virus.

El cóndor pasa

Los tres días del cóndor (Three Days of the Condor, Sydney Pollack, 1975)

Elegante película, elegante por su precisión y delicadeza visual, hasta en las escenas violentas. Con una inspiración evidente en Hitchcock en muchos aspectos, pero sobre todo en el diseño del héroe, un tanto ingenuo y despistado, con sus cabellos peinados en cualquier hora y circunstancia, y afortunado con las damas, aunque también recursivo, tenaz.

En realidad, se saca mucho partido narrativo y visual de un guion inverosímil y lleno de huecos. Quizás el único punto feo del metraje, en el que se cae en el humor involuntario, más exactamente, una parodia no intencionada, es la escena erótica entre Redford y Dunaway. Con todo, tiene su encanto, por lo chistosa, la metafísica cópula de las estrellas.

Pero hay un punto donde sí se produce un coitus interruptus narrativo, y es en las supuestas intenciones políticas de la película. Muy al final, descubrimos que todo el lío se debe a los intereses petroleros de las grandes compañías y sus gobiernos amaestrados. Ese aditamento de denuncia política no acaba de cuadrar. Es como si un trozo de un universo distinto (cine político) se clavara de cualquier manera en una cinta clásica de espías o de detectives. La crítica política no es la cereza del pastel sino una lechuga en una torta de chocolate. Un ingrediente inútil y chocante.

Chaplin ochentero

Mona Lisa (Neil Jordan, 1986)

No cabe duda de que una de las películas más valoradas de Neil Jordan es El juego de las lágrimas (The Crying Game, 1992). Es probable que sea una de las mejores producciones británicas de los años noventa, con una nota muy alta para sus actores, pero que sobre todo se destaca por la profundidad y complejidad del drama, donde confluyen lo personal y lo social de manera brillante, muy superior al thriller criminal hollywoodense promedio. Un trabajo ochentero de Jordan, Mona Lisa (1986), menos célebre hoy, aunque muy bien recibido en su momento, parece una especie de ensayo o boceto de la cinta de los noventa.

La estructura básica de las dos historias es prácticamente la misma. Un hombre derrotado y perdido encuentra en una inesperada, y muy problemática relación, una oportunidad de reencausar su vida, y sobre todo de encontrar algo de dignidad en un mundo corrupto. Este esquema, que además es común a muchas otras obras de género negro, es ambientado en El juego de las lágrimas en el contexto del conflicto de Irlanda del Norte, con un militante del IRA como protagonista. Se entiende que la realidad de la situación compleja de aquellos años hacía muy pesado el drama ya desde el comienzo. También la realidad social de una época y un país sirven de fondo para Mona Lisa, que tiene lugar en el bajo mundo londinense de los años del thatcherismo, pero jugando con los estereotipos de las novelas de detectives y el cine de gánsteres. Así que, aunque la ciudad de Londres, con sus hoteles lujosos y cuchitriles es retratada con tonos realistas, el mundo de los personajes debe mucho a referentes literarios y cinematográficos muy conocidos. Hay algo hasta de metaficción en el protagonista y su amigo que leen novelas policiacas mientras se ven envueltos en un enredo detectivesco muy peligroso. Quizás esta distancia de la realidad, sin abandonarla del todo, hace que Mona Lisa sea una película más fácil de ver que El juego de las lágrimas, aunque también sea menos perfecta. Además, ayuda la simpatía de Bob Hoskins como el más improbable gánster heroico, sobre todo en una época como los años ochenta, con sus matones musculosos que salvan el mundo a patadas y balazos. Este exconvicto podría ser interpretado por Chaplin, con su rusticidad y fragilidad, pero con un cierto ingenio callejero y un coraje brabucón, pero sincero.

¿Por qué escribo sobre cine?

La pregunta acerca de la razón por la cual he publicado pequeños textos sobre películas en internet me ha inquietado desde que comencé a hacerlo hace ya varios meses, sobre todo porque, en últimas, se refiere a mi relación con el cine, y cuáles son mis ideas sobre el medio y su porvenir.

Ante todo, quede claro, no es por fingir que sé de algo de lo que apenas si entiendo nada. Mucho menos porque crea que alguien está esperando saber lo que yo pienso. Ambas actitudes serían demasiado delirantes. La razón verdadera se me oculta, y quizás solo un observador externo podría decidir con certeza, pero, según toda evidencia, no hay muchos investigadores interesados en tan decisivo problema, así que, de manera provisional, he pensado por mi cuenta en una causa más bien rebuscada. La cosa es que he llegado a la conclusión de que ya no me gusta ver películas, o para ser más exactos, que ya no me ilusiona el cine. Sin embargo, también es verdad que no puedo renunciar a algo que fue importante para mí durante mucho tiempo. De ahí que el obligarme a escribir sobre cine sea una forma de mantener viva una pasión ya muerta, o muy debilitada. Si no existieran las redes sociales tendría que confinar tales desvaríos al discreto anonimato de un diario personal, pero internet permite, y hasta obliga, a hacer público lo privado sin que sea considerado una indecencia o una impertinencia.

Claro que la pregunta acerca de mi desinterés o desamor por el cine no se resuelve todavía. No es seguro ni siquiera que sea únicamente algo personal, pues pudiera ser un asunto general, es decir, que en nuestra época el cine haya perdido importancia como arte, que ya no esperemos de él nada significativo. Sería como el templo de un dios en quien ya nadie cree. Los expertos comentan la importancia arquitectónica, histórica o cultural del augusto edificio, y una multitud se toma selfis y compra suvenires mientras pasea su perezosa e irreverente mirada por los mármoles. Lo que nadie hace es adorar al dios. Si alguien llegara a hacer ofrendas a la deidad y a cantar himnos, lo tomarían por un loco o por un farsante, y tendrían razón, pues la antigua fe común no existe ni como recuerdo. No sé si el dios del cine esté muerto, pero sus adoradores sí que lo abandonaron. Creo que vive aún, pero no me parece que pueda esperar nada de él. Aunque todo puede solo ser asunto mío, que sufro un ataque de incredulidad, quién sabe por qué oscuro motivo.

Como sea, y esto es grave, la frialdad y el desinterés no se refieren solo a las películas actuales. El cine del pasado también languidece por esta pérdida de esperanza en el porvenir del medio. La historia del cine se convierte en una exhibición de momias. La visión de las viejas películas se transforma en una experiencia arqueológica, distante. No se puede tener una relación con ellas, solo se las puede estudiar. Es reemplazar una noche de bodas por una necropsia.

Presencia de la muerte

Extraña presencia (The Little Stranger, Lenny Abrahamson, 2018)

Probablemente, la razón por la que esta película obtuvo financiación fue por ser una historia similar a Los otros (The Others, 2001) de Alejandro Amenábar. Una especie de thriller sobrenatural con giro final inesperado, ambientado en una mansión inglesa de la época posterior a la Segunda Guerra Mundial. Sin duda los productores esperaban obtener el mismo éxito. Pero en The Little Stranger el elemento fantástico es tan sutil que es casi irrelevante. Podría incluso prescindirse enteramente de las cosas de “la otra vida” y la obra no perdería casi nada.

La vida después de la muerte no importa tanto como la muerte propiamente dicha. La muerte que acecha a las personas y los animales, pero que también termina por imponerse a las clases e instituciones tradicionales, simbolizadas en la derruida mansión familiar. La mugrosa decadencia de la lujosa casa de campo es lo que más se queda en la memoria del espectador: los muros descascarados con alambres a la vista, la maleza cubriendo las piedras y ladrillos, y más que nada, los inútiles esfuerzos de los ex acaudalados propietarios por mantener en pie lo que no se ha derrumbado del todo. Es una puesta en escena llamativa, porque la estética dominante en los dramas de época de los últimos años representa el pasado de un modo muy cursi, exagerando la moda y haciendo brillar hasta el último tenedor de la vajilla de plata. Los carros, por ejemplo, en muchas películas, parecen sacados del garaje de un narco coleccionista. Por eso alguien decía una vez que los caballos en las películas siempre están gordos y recién bañados, aun en medio de una batalla.

La falta de glamur es la marca de calidad de The Little Stranger. Catálogos de moda antigua abundan en internet.

Tragicomedia de la mediocridad

Shiva Baby (Emma Seligman, 2020)

Los invitados a la reunión después del entierro de un familiar (al parecer eso se conoce como shiva entre los judíos) son un grupo bastante estereotípico y pintoresco, pero la agobiada protagonista no puede darse el lujo de burlarse de ellos ni deleitarse en la crítica costumbrista. Su situación personal es tan precaria, que en realidad se ve acorralada y derrotada, aunque ni siquiera deseen dañarla. La debilidad de la joven estudiante recuerda al personaje de otro thriller cómico reciente, Diamantes en bruto (Uncut Gems, Josh Safdie, Ben Safdie, 2019). Aunque en Shiva Baby no hay balaceras ni gánsteres, si hay en cambio un individuo muy defectuoso encargado de llevar la carga de la historia. Tanto la pendeja universitaria de la cinta de la debutante Emma Seligman, como el negociante tramposo de la película de los hermanos Safdie son seres demasiado mediocres para interesar a nadie, pero lo cierto es que lo consiguen, y nos hacemos solidarios con ellos, aunque no aprobemos su comportamiento. Es un logro importante, pues le niega al espectador la posibilidad de sentirse superior al infeliz que ve en pantalla. Porque aunque no le guste, acaba poniéndose de su lado, o al menos queriendo comprender su punto de vista. La historia no es contada desde arriba, desde una superioridad que nos permita reír sin problemas, ya que el punto de vista es el de una joven confundida, llena de contradicciones e inseguridades. La diferencia es que Diamantes en bruto termina de manera violenta, mientras que Shiva Baby concluye en un tono más bien relajado. Pero de todos modos, no resuelve los problemas de la chica ni presenta alguna perspectiva de solución. Esto ya no es humor negro, sino tragedia, solo que una tragedia a nivel de suburbio gringo, sin degollamientos, afortunadamente.

El tigre chillón

Según el dicho, matamos al tigre y nos asustamos con el cuero. Lo cual implica que si no se conoce al tigre al menos sí su cuero. Pero qué pasaría si del felino no tuviéramos más que una serie de vagas características generales: parecido a un gato, rayas negras sobre fondo amarillo, colmillos enormes. Con semejante material lo único que podríamos hacer sería algún tipo de mamarracho de colores chillones, si se tienen en cuenta no solo la falta de información, sino también que somos pésimos dibujantes. La involuntaria simplificación, el absoluto infantilismo serían el resultado inevitable.

Nos informamos a través de pantallas. Las pantallas muestran fragmentos más expresivos que explicativos. Su objetivo es producir ciertos efectos en el espectador, no enseñarle aunque fuera un trozo de realidad. Con materiales tan diversos cada quien construye su imagen del mundo, pintada con los colores de su propia emotividad sobre los contornos que le proporcionan los datos del ambiente. El resultado es un monigote, al comienzo ridículo, insoportable al poco tiempo.

La conclusión es inevitable: si se quiere conocer alguna cosa, lo mejor es no informarse a través de las redes ni de la prensa. Recoger datos de segunda mano sobre un hecho o personaje, y acumular fotos o videos de algún acontecimiento sirve, en el mejor de los casos, para sazonar una charla en torno a cervezas tibias.

Merodea el tigre en la selva y, sin embargo, creemos tenerlo en nuestro poder. Lo único que siente la piel y ven los ojos es una hoja de papel barato, arrugado y con rastros de humedad. En una esquina del rectángulo alguien garabateó una figurita amarillenta, con cuatro patas y orejas puntiagudas, y una raya de lápiz sin colorear que parece ser la cola. Estamos contentos con nuestra fiera de estilo preescolar y nos olvidamos que vive en alguna jungla el auténtico animal, que, bien mirado, ni siquiera es amarillo, y además, allá en su selva, no podríamos observarlo por mucho tiempo sin ser devorados por él.

Sangre casta

Pura sangre (Thoroughbreds, Cory Finley, 2017)

Se dice que el verdadero héroe de muchos thrillers y películas de acción de los ochenta y noventa es el psicópata. Si pensamos en El silencio de los inocentes (The Silence of the Lambs, Jonathan Demme, 1991) es claro que el personaje más carismático es el caníbal Hannibal Lecter, y no la melancólica agente Clarice. La razón está en las habilidades superiores del degenerado, pero también en su compromiso con su siniestro destino, que no consiste en nada diferente que en seguir sus instintos perversos sin disculparse por ello. Esa es la razón de su heroísmo: cumplir a toda costa una misión, que además es incomprendida por la sociedad, lo que aumenta su encanto.

En Pura sangre nos encontramos con un tipo particular de héroe, diferente a cualquier extraño enmascarado o musculoso griego, en muchos aspectos, pero que coincide con estos en varios rasgos esenciales. Tal personaje es el santo, o en el caso de la película, de una santa. La chica en cuestión es una adolescente sin emociones y de gran habilidad estratégica, pero cuya hazaña consiste en sacrificarse por su amiga, mucho más violenta, aunque con los nervios de una persona normal, o casi. La santidad no se limita al sacrificio, también viene en la forma de la absoluta desexualización de las protagonistas, sobre todo de la psicópata. Pero no es que no se muestre sexo, es que ni siquiera se sugiere. Y resulta curioso ver un thriller o neo-noir sin el menor rastro de tensión libidinosa. Ni entre las dos amigas ni con los zopencos personajes masculinos ni con nadie aparece el menor asomo de deseo o interés sexual. No hay sexo del malo, pero tampoco del bueno. Claro que tampoco hay violencia explícita, pero al menos esta sí se puede ver por sus consecuencias. Incluso la puesta en escena es frígida. Casi toda la acción tiene lugar en una fría y lujosa mansión, con una fotografía blancuzca. Hay además varias escenas rodadas en planos secuencias de movimientos muy suaves, que observan a los personajes sin afanes. Una renuncia a los efectos del montaje violento en una película de género, le da un tono casi etéreo, como fantasmal, a un drama más bien telenovelesco.

En realidad, la película se sostiene sobre la calidad de las dos actrices (Anya Taylor-Joy y Olivia Cooke) más que en su guion apurado y sin mucho suspenso, y en su puesta en escena excesivamente minimalista. Aunque, quizás Pura sangre sea el experimento fracasado, pero interesante, de hacer un thriller sin sexo ni violencia. Algo como para llegar a cierta sensibilidad puritana contemporánea, que quiere a sus asesinos y depravados, todo lo letales que se quiera, pero también castos y puros.

El Shakespeare de Netflix

El rey (The King, David Michôd, 2019)

La veracidad fáctica de una película histórica es irrelevante, sobre todo cuando la época en cuestión es ya muy lejana, y los odios y amores que los personajes y situaciones despertaban se han desvanecido en el tiempo. Para quien no es historiador, la realidad que pueda o no contener El rey de Netflix es asunto menor. Mucho más importante es la complejidad o simpleza de los personajes, o si los escenarios están integrados orgánicamente a la narración, o son solo telones de fondo genéricos. Sin duda también es determinante el tono de la obra, y en este punto es importante decir que El rey es una película que carece por completo de ironía. La regia puesta en escena quiere ser tomada en serio, así que nada de chistes con los asuntos de las monarquías europeas en el siglo XV. Lo malo es que para lograrlo, convierte en estatuas a todos los personajes, encadenados a un gesto idéntico, sin importar el momento y la circunstancia. El caso más claro de esta extraña rigidez es el propio rey Enrique V, quien pasa de ser un bebedor y jugador de barrio malo, donde es llamado Hal, a ser el rey de Inglaterra, responsable y caballeresco, pero siempre con la misma expresión de angustia, como de ternero recién destetado. Cambia su traje y cargo, pero no su gesto, y esto es igual para todos los demás. Es probable que no sea culpa del actor Timothée Chalamet, ni de ningún otro miembro del reparto, sino que la causa esté en la intención de mantener en todo momento un tono sombrío y solemne, sin fisuras, como tampoco cambia la fotografía ni la escenografía, y eso que hasta se van a Francia y se supone que pasan meses entre el comienzo y el final. Por lo visto hay quien aprecia la atmósfera fría y turbia de las conspiraciones de pacotilla, y considera que es un modo serio de abordar la historia. Al menos Netflix piensa que es así, pues es una fórmula que repite una y otra vez.

En cuanto a Shakespeare, es mejor dejarlo tranquilo.

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