La ciencia de la moral

Pocos son ajedrecistas, pero todos somos moralistas. Es muy fácil asumir una posición moralista ante cualquier realidad, pues el conocimiento del bien y del mal nos viene desde la época de Adán y Eva y su problemita con el arbolito y la serpiente. Podremos equivocarnos, pero siempre tendremos algo para decir. Cosa muy distinta es hablar de astrofísica o de reparación de electrodomésticos desde un punto de vista científico o técnico. De ahí la tentación, tan difícil de resistir, de darle un formato moral a cualquier situación. Es la ley del menor esfuerzo. Este mismo texto es un ejemplo de lo fácil que es el moralismo… y sobre todo lo inútil.

El Cristo y el gánster

Judas and the Black Messiah (Shaka King, 2021)

El título de la película no está puesto para engañar a nadie, ya que, en efecto, se trata de la historia del denominado “mesías negro”, así llamado por el siniestro director del FBI, J. Edgar Hoover (Martin Sheen), aunque en realidad era el jefe de los Panteras Negras de Chicago Fred Hampton (Daniel Kaluuya). En cuanto al Judas (Lakeith Stanfield), en la historia es un delincuente infiltrado que siente simpatía por los radicales que vigila y persigue. Desde el principio se ve a la vez la Pasión de Cristo y una historia de gánsteres, pues en el género mafioso, los dramas dominados por la figura del traidor o del soplón han sido siempre muy destacados.

La alegoría religiosa y el juego de género, en este caso el gansteril, superan cualquier interés temático. Incluso el racismo no tiene tanto peso, y es más bien una música de fondo. La razón está en que los personajes negros ocupan toda la escena. El único blanco con cierta definición es un agente del gobierno (Jesse Plemons), simpático y conflictuado. Los otros individuos no negros son los típicos policías ignorantes y violentos, empezando por el diabólico jefe del FBI. En cuanto al marxismo-leninismo que se atribuye al partido de los Panteras Negras, es un dato que acaso se menciona, pero no pasa de ser una parte de alguno de los brillantes discursos del líder. Lo mismo se puede decir del multiculturalismo, del imperialismo, etc.

De ahí que Judas and the Black Messiah funcione bien como elegante drama criminal, con reconstrucción histórica impecable y excelentes actuaciones, pero como reflexión sobre un problema social, de ayer y de hoy, resulte un tanto obvia. Además, si se considera como obra de propaganda, es increíblemente triste y no creo que sea muy inspiradora.

Sin embargo, sería injusto acusar a esta película de un defecto general del cine histórico, que consiste en reducir la historia a la crónica de hechos violentos o picantes. Los verdaderos problemas históricos quedan reducidos a un par de frases hechas, casi siempre gritadas desde una tarima.

El arte de la conversación

Imposible determinar lo que es una conversación. Si uno habla y otro escucha, ¿se puede hablar de conversación? Si dos gritan al tiempo, ¿no es más bien una disputa? Si uno finge dirigirse a otro, pero en realidad solo habla sin tener en cuenta al oyente, como perorando al aire; o si otro simula escuchar, pero en realidad ocupa su atención en cualquier idea fugitiva, ¿no sería más correcto hablar de diálogo de sordos?

Casi siempre uno de los participantes hace las veces de martillo y el otro de clavo. El clavo puede dejarse enterrar en la madera y desaparecer o puede aprovechar un golpe mal dado y salir despedido por el aire, como en fuga. En cualquier caso, uno de los dos pierde.

A veces se aprende de los otros, pero más que nada escuchando, sin participar en ningún cruce de argumentos.

De todos modos, es posible que existan los verdaderos conversadores, como hay buenos esgrimistas, pero como estos, son poquísimos. Los buenos conversadores deben ser tan escasos como los maestros de la espada, que no solo tienen habilidad sino respeto por el oponente y por el espíritu del juego.

De ahí que cuando se quiere resolver un problema por medio de la conversación, en realidad se está tratando de evadir el asunto, o se quiere engañar a alguien, o se pretende diferir indefinidamente.

La niña contra el mundo: Jean Seberg

Vigilando a Jean Seberg (Seberg, Benedict Andrews, 2019)

Circulan varios memes con el chiste famoso que afirma que cuando en un cartel de cine se dice “basada en hechos reales” en realidad quiere decir: “ocurrió en realidad pero con gente fea”. En el caso de Vigilando a Jean Seberg sucede al contrario, al menos en el caso de la protagonista. Es por lo menos debatible si la actriz Kristen Stewart es más bonita que la melancólica estrella de los sesenta. Pero aparte de esta circunstancia extraña, en todo lo demás la película se ciñe al modelo de las biografías fílmicas y reproduce el defecto esencial del género, que consiste en abarcar mucho y apretar poco. Podría pensarse que la superficialidad es consecuencia de la falta de tiempo en un largometraje normal, pero en las series sucede lo mismo, aunque supuestamente tuvieran más campo para un desarrollo menos simplista.

El otro problema grave está en que el biografiado es casi siempre un individuo que se presenta como una figura destacada sobre un fondo de hechos históricos relevantes, pero dichos sucesos quedan apenas esbozados y se convierten en un plano telón que sirve para desplegar anécdotas personales, por lo general con un gran potencial melodramático. En el caso de Vigilando a Jean Seberg, el movimiento por los derechos civiles, la persecución a los Black Panthers, el feminismo o el mayo del 68 en París, son un ruido de fondo que vomitan la radio y la televisión, o que en el mejor de los casos aparece como tema en alguna conversación de los personajes. La gran mayoría de la película se gasta en escenas de lujosa cotidianidad hollywoodense, en el caso de la protagonista, o de clase media gringa para los demás, en particular los agentes del FBI.

El resultado es que los problemas sociales se convierten en dramas personales de índole sentimental. Esta es la característica más irreal de la biografía fílmica: la realidad histórica no se presenta como una mole con vida propia que moldea o aplasta a los individuos, sino como un motivo para que cada personaje despliegue su inspiración, malvada o simpática, como si fuera música para bailar. El caso del agente del FBI que descubre que tiene conciencia es de lo más patético en este punto. Hace ver las políticas de control y vigilancia estatales como un asunto de la ética privada de los funcionarios.

En últimas, cabe preguntarse cuál es la razón de contar la vida de alguien que come, bebe, ríe y llora igual que todo el mundo, con la única diferencia de haber sido famoso hace muchos años o al menos tener grupos de admiradores en redes sociales. Los dramas históricos no se explican de modo convincente y el drama individual es demasiado irrelevante. En el caso de Seberg, se trata de la vida de la pobre muchacha de pueblo de quien todo el mundo saca partido a causa de su inocencia.

De ahí que la falsa seriedad de estas producciones termine en un desfile de moda “vintage”, que en el caso de Vigilando a Jean Seberg consiste en mostrar unos “panteras negras” que parecen “hipsters” y un resumen de la historia y progreso de la minifalda y del pelo corto en la moda femenina.

El convento y la universidad

El mundo académico es muy parecido a un convento, de hecho las universidades nacieron en el seno de la Iglesia. Cuando dicen que la academia debería abrirse o acercarse al mundo exterior es como si les dijeran a unas monjas de clausura que montaran un burdel para aprovechar las excelentes instalaciones y las indudables cualidades físicas de las religiosas, fortalecidas por el régimen austero y la tranquilidad espiritual, en este punto muy superiores a las de las  mujeres de afuera, llenas de vicios y malos hábitos, y con los nervios debilitados por el estrés. Si tal apertura se hiciera, el silencioso convento desaparecería absorbido por el bullicio de la calle. La relación justa entre los académicos y el resto del mundo debería partir del ejemplo de las aventuras de los amantes de monjas, que con la ayuda de otras religiosas o de empleados del claustro, entraban a escondidas a entablar relaciones con las vírgenes. O lo contrario, las monjas que urdían estrategias para salir, y violar sus votos temporalmente. Así se mantenía el contacto sano y fructífero entre el tranquilo pero enrarecido aire de los conventos, y el fresco, aunque polvoriento y ruidoso de las plazas y calles.

Quédense en los claustros con sus trabajos pacientes, cuidadosos y especializados, y déjenos al resto las habladurías, la sabiondería y las teorías de la conspiración. Cada tanto algún académico atravesará las tapias y observará el despelote de opiniones y verdades a medias en que consiste la vida intelectual callejera; disfrutará un rato, luego se asqueará y preferirá refugiarse antes de verse envuelto en la estulticia. Sacará partido del desorden sin sufrir sus consecuencias, como la monja traviesa que deja entrar cada tanto a su amigo. Quizás esta excursión le proporcionará material para sus investigaciones, como el pecado le dará motivos a la religiosa para la penitencia, que es la única manera de alcanzar la perfección.

Claro que la vida de los conventos tiene sus amarguras, por los chismorreos, las envidias y hasta los ataques de fuerzas sobrenaturales, en forma de posesiones y desgracias similares. En esto se parece también a la vida académica, salvo que no interviene Satanás, solo el demonio del dinero, peor que cualquier entidad infernal.

Smartphone

Mi celular es de verdad inteligente. Todo el tiempo me recuerda que no aguanta más, que no tiene más espacio y que dejará de funcionar en cualquier momento. No guarda ni fotos ni videos ni música, y tiene solo las aplicaciones básicas. Sin embargo, me pide que quite las aplicaciones que son indispensables para las funciones más importantes, como queriendo decir que él sabe que puede obligarme a hacer lo que desee, aun a convertirlo en un rústico aparato, de tiempos remotos, que solo serviría para llamar. Pero no cumple su amenaza y sigue trabajando. Es como si solo quisiera fastidiar, pues sabe que no lo puedo cambiar por otro mejor, así que él es la mejor opción aunque sea malo. Por eso se da el lujo de molestar, de pedir lo imposible, de anunciar su pronta autoeliminación. Es una relación enfermiza que no puede superarse a causa de los problemas de la economía personal y mundial, y sin duda mi teléfono lo sabe.

Defensa del vivo

Ciertos lectores ponen al protagonista de ¡Que pase el aserrador! de Jesús del Corral como el ejemplo típico del vivo antioqueño, mentiroso y manipulador. El hombre finge ser un experto aserrador para entrar a una hacienda y así remediar el hambre que padece después de vagar por varios días en el monte, huyendo del ejército del que es desertor. Un boyacense lo acompañaba, pero este no quiso mentir y prefirió seguir solitario y hambriento su camino. El falso aserrador logra ganarse la confianza de la familia propietaria y hasta aprende en realidad su fingido oficio. Se trata, por tanto, de una historia en la que el crimen paga, o al menos la deshonestidad. Es un caso patético de personaje popular promotor de conductas antisociales. Una especie de Don Juan, sin sexo y sin diablo.

Pero quienes así piensan dejan de lado el hecho inicial narrado en el cuento: Simón Pérez (el protagonista) es un recluta forzoso en una guerra civil. Si el fugitivo hubiera preferido conservar su honradez, probablemente su destino era morir de hambre o ser capturado y torturado por las tropas. O quizás seguir en el ejército y morir por algo que no entendía ni le importaba. Y me pregunto, a qué cielo de corrección política y de perfección moral habría ido a parar el infeliz si hubiera preferido no mentir ni desertar.

El vivo, igual que el pícaro, son criaturas condenadas a existir en un mundo sin trascendencia y donde la honradez es un privilegio, es decir, el mundo real. Contra un enemigo tan poderoso no se puede decir que triunfen, como si participaran en un torneo, solo se puede afirmar que no se dejaron aplastar.

‘La favorita’ de Yorgos Lanthimos: crueldad sin complejidad

La favorita (The Favourite, Yorgos Lanthimos, 2018)

La reina Ana está enferma del cuerpo y no anda muy bien de la cabeza. Parece que no fue nunca una persona muy adecuada para las funciones que le tocaron en suerte, pero eso es algo de lo que apenas si se habla en la película. El gobierno lo maneja en realidad Lady Sarah, aristócrata, esposa del duque de Marlborough, el general inglés más famoso de las guerras europeas del siglo XVIII. En este punto llega una joven de nombre Abigail a trabajar en la corte. La chica es pariente de la “favorita”, aunque de una rama que ha perdido su dinero, y rápidamente asciende en la consideración de la reina. En los tiempos de las monarquías absolutas la nobleza dependía en gran medida de la cercanía a la persona del monarca, y aunque Inglaterra tenía un parlamento que limitaba el poder real, el monarca aún disponía de muchas atribuciones, sobre todo a la hora de repartir premios y beneficios personales. El caso es que estar físicamente cerca de la reina garantizaba poder e influencia en la corte, y quizás en el reino. Por tanto, si se quería progresar había que acogerse a la cálida pero hedionda protección de las enaguas reales, y esto en un sentido literal. Las dos damas en competencia le daban la comida a la reina, la masajeaban, jugaban con ella, la consolaban de sus muchos pesares, le aplicaban menjurjes en sus llagas y hasta le ayudaban con algún placer más allá de lo que la decencia recomienda y la religión manda.

Exactamente al final de la película hay una secuencia que se compone de planos superpuestos de la reina, más enferma que nunca, siendo masajeada de mala gana por la triunfante Abigail, y unas extrañas tomas de los conejitos que cuida la reina en su habitación. Parecen querer decirnos que los humanos son roedores que se ocupan de joderse unos a otros, en todos los sentidos de la palabra. Este pesimismo respecto a la especie homo sapiens se nota desde el comienzo y no desaparece ni un segundo. Un ejemplo poco sutil de esta idea tan radicalmente negativa se puede apreciar cuando Lady Sarah termina refugiada en un burdel contra su voluntad. La casa de lenocinio es un nido de inmundicia donde la carne humana se compra y se vende. Los cuerpos son armas en la cruel carrera por el predominio o aun la simple supervivencia. Lo curioso es que la misma descripción se puede dar de la corte y del parlamento. Lo más alto de la sociedad, como la aristocracia, la monarquía y el gobierno, así como lo más bajo, como el burdel antes mencionado o la cocina de palacio, con sus infames y egoístas sirvientas, están definidos por una lucha animalesca por el predominio, semejantes a una manada de bestias repugnantes, como pueden ser los malolientes conejitos de la reina.

El problema es que esta idea sobre la naturaleza cruel y egoísta de la humanidad no se desarrolla durante la narración. Al contrario, se asume como cierta de modo evidente desde el comienzo. Ninguno de los personajes cambia o evoluciona en algún sentido esencial, lo único que se altera es su fortuna en el complicado juego palaciego. El caso más evidente es el de la recién llegada Abigail, que desde el mismo momento en que entra a la familia real demuestra un carácter agresivo y falta de escrúpulos, a pesar de su inexperiencia. La corrupción es innata en todos, sin excepción, y es imposible ver el más mínimo gesto magnánimo. Supongamos que en efecto la vida humana, y aun animal, es así de perversa, y que, por tanto, la cinta solo refleja la realidad. Aunque así fuera, la decisión del guion de no concederles matices a los personajes, convirtiéndolas en muñecas de perversión, igual que hay muñecas que lloran o que hacen popó, hace muy aburrido el desarrollo de la historia. No importa lo que pase, la reina y sus favoritas están completamente definidas desde el minuto uno, al igual que el resto del mundo.

Nada puede cambiar de modo significativo, porque ya todo fue decidido por el dogmático moralismo del guion. Todavía si la película hubiera sido más arriesgada visual o narrativamente, podría justificarse la pobreza de los personajes, pero salvo por algún detalle, como la falta de maquillaje de las protagonistas, se ciñe a las convenciones del cine de época, sin llegar a la espectacularidad de Barry Lyndon (Stanley Kubrick, 1975). Aunque, para reconocerle algo a La favorita, al contrario que en  la célebre obra de Kubrick, no hay una voz en off inoportuna y redundante, quizás porque no se basa en ninguna novela famosa. En todo caso, las dos películas pueden suministrar mucho material para sacar imágenes y enmarcarlas como adorno de oficinas y viviendas, con sus prados, bosquecitos y salones tenuemente iluminados.

El centro y las redes sociales

A estas alturas de la vida me vengo a dar cuenta de que las redes sociales se parecen mucho al centro de la ciudad: gente vendiendo cosas y/o pidiendo plata, incitación al sexo comercial, chismorreos estruendosos, espectáculos musicales y circenses de calidad problemática, comicidad involuntaria, escenas horrendas de crueldad y, lo más característico, individuos perorando acerca del próximo fin del mundo, si no nos convertimos a la verdadera fe o si seguimos matando animales. Lo que hace falta son los olores. Aunque siempre se puede asar carne podrida en casa y prender un bazuco para completar el ambiente. En cuanto al olor a orines, no es necesario decir nada.

Teoría del youtuber

A la pregunta sobre el género al que pertenecen los contenidos producidos por los youtubers (o los blogueros o los que hacen podcast o cualquier texto o audiovisual generado expresamente para internet) puede contestarse atendiendo a varios parámetros, como los temas tratados, el tono (cómico, polémico, serio, y todas las mezclas), la complejidad técnica del producto (edición, calidad del sonido e imagen), y es probable que muchos otros más. Sin embargo, otra manera de entender el fenómeno es fijándose en las características de quienes realizan los videos (o los blogs o los podcasts), en vez de en los productos como tales. En este sentido, se puede decir que el youtuber es un individuo que surge del anonimato para hablar al público más amplio posible, que idealmente está compuesto por todos los que tienen internet en el mundo.

Dejemos de lado los casos excepcionales de famosos que incursionan en el mundillo de las redes, y hablemos de la inmensa mayoría de anónimos creadores de contenido. El youtuber es alguien que habla a cámara como si estuviera respondiendo a un cuestionario, pero en realidad nadie le está preguntando nada, pues el youtuber habla solo. Esta soledad es la clave. El youtuber se entrevista a sí mismo. De ahí que el género al que pertenecen las obras de los youtubers sea el de la entrevista. El youtuber (el bloguero y el “podcastero”) son entrevistados y entrevistadores a la vez.

Tradicionalmente las entrevistas se realizaban a personas famosas, ya fuera por su profesión, como los políticos y los artistas, o por alguna circunstancia afortunada o terrible, como ganar la lotería o ser condenado a muerte. Pero en cualquier caso, la entrevista requería de la fama del entrevistado para ser atractiva para el público. Aunque, sobre todo en el caso de la televisión y la radio, era también famoso el entrevistador, lo cual hacía que una entrevista fuera, en muchos casos, la conversación entre dos celebridades. Tal espectáculo aún existe, pero ha perdido el encanto que solía tener en la época anterior al internet, precisamente porque la fama se ha abaratado, tanto del lado de los entrevistados como de los entrevistadores. En todo caso, la vasta mayoría de los youtubers (blogueros, “podcasteros”) no hubieran sido entrevistados antes de internet, y sobre todo antes de YouTube y las redes sociales.

El youtuber puede hacer gala de facilidad de palabra y dominio de los temas, porque nada es más fácil que contestar un examen que uno mismo ha diseñado. Las preguntas y las respuestas coinciden de modo maravilloso. Y aquí aparece un defecto de los youtubers respecto a la entrevista real de otras épocas: el personaje nunca se incomoda ni mete la pata en medio de la charla. Digo que es un defecto, pues estos resbalones han sido siempre el elemento a la vez más picante y más revelador de las entrevistas. Pero el youtuber ya sabe de sobra lo que va a decir, y puede desplegar sin temor su erudición o su ingenio, sean reales o ficticios, pues da igual, ya que nadie lo va a corregir o interpelar.

En esta simpática soledad vive el creador de contenido, dedicado al onanista placer de hablar solo, aunque la audiencia potencial sea de millones. Solo que en algunos casos ocurre el milagro de que el youtuber se vuelve famoso. Sus videos (o entradas o podcasts) empiezan a ser vistos por miles y hasta millones de personas. Vienen los comentarios, las colaboraciones, las sugerencias, los insultos y hasta las verdaderas entrevistas, en televisión, radio y prensa. Es en este punto cuando el youtuber pierde su característica desfachatez y su enorme seguridad. Se convierte en un humilde ciudadano a quien preguntan en la calle acerca de si está de acuerdo o no con el aumento del IVA o si cree que el seleccionador nacional debe renunciar después de los pésimos resultados en la eliminatoria. Afloran los lugares comunes, la tartamudez nerviosa, la timidez del simple hijo de vecino que lo único que quiere es que lo dejen tranquilo mientras ruñe su pedazo de pan en un rincón.

Tiene el youtuber además que responder a las necesidades de su numerosa audiencia, y ya se ve a gatas para salir adelante con las preguntas en las que no había pensado. Además, el youtuber empieza a vender cosas, que pueden ser camisetas o asesorías. Ya en este punto la ficción de la autoentrevista, donde un desconocido conversa con otro desconocido, siendo los dos la misma persona, se cae definitivamente, o casi. El youtuber se muestra como lo que es, como lo que siempre fue: un obrero sin “coloca”, personaje de los más característicos en cualquier drama social. El pobre tipo se para junto a la malla que rodea alguna obra de construcción a esperar que el encargado se fije en él y le dé aunque sea un día de jornal. A este personaje no lo entrevistan en los programas del “prime time”, a lo sumo lo exhiben en algún reportaje sobre el desempleo urbano.

Es paradójico como el éxito hace que aparezca la triste realidad del youtuber, pues solo en la oscuridad del anonimato puede alguien dedicarse al extraño y encantador juego de entrevistarse a sí mismo, como si fuera alguien que tuviera algo para decir.

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